martes, 20 de abril de 2010

Los girasoles de mi esperanza

Una sola vez en mi vida he visto a Antanas Mockus. Fue en la universidad, en la UPB. Él salía de una conferencia de unos los tantos auditorios que hay en Bolivariana y caminaba con su sencillez de ermitaño hacia la salida. Cuando atravesaba la cafetería de nuestra facultad, alguien que estaba allí lo saludó. Él se acercó, le dio la mano a los que estaban presentes y después de un par de preguntas, explicó a todos los que quisieron sus ideas sobre la política y buen gobierno. Después se despidió y caminó hacia la salida de la universidad, apenas escoltado por un par de asesores.
Ahora que me han llegado un par de girasoles cibernéticos de compañeros que también estuvieron en esa memorable charla, pienso que por fin, después de muchos años de gobiernos gráciles y obstinados, el país tiene la opción de tener un gobierno a la altura de sus circunstancias. Las posibilidades reales de las encuestas para que Antanas Mockus llegue a la presidencia de la República, demuestran que lo quiere el país no es una zona de guerra, sino un territorio de paz, educado, donde la integridad y la honestidad sean los principios de gobierno y no solo la seguridad y la confianza inversionista.
De producirse el milagro que Antanas Mockus llegue a la presidencia, el país, después de muchos años de incompetencia en muchos estamentos públicos, podrá confiar que las personas que rodean al candidato podrán ocupar con altura los cargos del estado. Es más, esta no será la presidencia soberbia de un solo hombre que nunca se equivoca, sino la de cuatro hombres que han demostrado que saben gobernar con honestidad, humildad, visión y sentido social.
Esta garantía nos permitirá creer que los mejores hombres del país, escogidos por sus méritos, serán quienes dirijan los destinos de la patria. En ese sentido, el aporte de Fajardo será vital: él demostró durante sus cuatro años en Medellín que se sabe rodear. Ni qué decir de Peñalosa, y por supuesto de Mockus. Estoy seguro que no habrá cuotas políticas de ineptos ambiciosos o sin ambición, sino hombres y mujeres calificados para estar al frente del engranaje del país.
Además sueño que el gobierno de un maestro sacará la inversión de los cuarteles y la llevará a los salones de clase, a los laboratorios de investigación, a las tablas de los teatros y a los salas de música. Sueño que por fin el país caminará hacia la protección del medio ambiente y no despellejará los bosques para obtener más petróleo. Sueño que este maestro piense la economía como un proyecto solidario y de equidad y se disminuya por fin la brecha entre los ricos y los pobres de este país.
Los retos, por supuesto, son demasiados. Ahora que su campaña se ha disparado, Antanas debe aprender otra cosa de su vice: recorrer el país. En estos dos años, Fajardo comprendió que los problemas de Colombia no eran de seguridad, sino de equidad, solidaridad y justicia. Y esa lección no se puede dictar en los tableros de los cuarteles bogotanos, sino que se aprenden en los campos baldíos, en los tugurios de madera, en el país saqueado.
Ahora que veo a mis compañeros de clase, a mis amigos de otras ciudades entusiasmado con que Antanas llegué a la presidencia, me aferró a la esperanza que me dan los girasoles que me envían todos los días, de que esta nación, por fin, va a tener un Presidente que se sienta, sin escoltas, a charlar con los estudiantes y les enseña a tener un mejor país.

viernes, 9 de abril de 2010

Rosario




Fotos de Natalia Millán "Color y Diseño" 2010 http://taba-miarte.blogspot.com/2010/03/exposicion-color-y-diseno.html


Mamá se murió de repente un jueves a las tres de la tarde. Ese día se levantó temprano como era su costumbre y caminó hacia nuestro cuarto. Aunque solo Tita, mi hermana mayor, era la que tenía que madrugar, después de la muerte de papá no lograba reconocer cuál cama era la de cada una, así que nos despertaba a las dos. Yo me hice la desentendida y seguí en la cama. Ese jueves me levante tarde, con el tiempo preciso para bañarme y salir para la universidad. Ella estaba en el patio de la casa, con los ojos cerrados sentada en la mecedora de mimbre, bajo un toldo playero que había mandando instalar a la semana de la muerte de papá. Cuando salí del baño me la encontré allí. La cabeza estaba levantada hacia el cielo y en su mano derecha tenía una camándula que había traído de su viaje a Roma. Me quedé mirándola un rato, contemplando ese estado en el que caía todos los días por la mañana. Pienso ahora que ese era el momento en que se encontraba con papá y conversaba con él. Le contaba cosas sobre ella, sobre lo bien que iba Tita en el trabajo y que yo también marchaba sobre ruedas en mi carrera de medicina. Lo extrañaba. Pero no tenía mucho tiempo. Volví al cuarto, me cambié y salí apurada. Cuando iba llegando a la esquina la escuché gritar por el balcón de la casa: “Rosario, no se le olvide traerme la leche”. Yo le hice un gesto con la mano y mientras me ubicaba en el bus alcance a ver como me mandaba la bendición con la mano de la camándula.

Cuando regresé, por la noche, la casa estaba llena amigas de mamá vestidas de negro, sentada alrededor del patio. En ese momento, de esa espesura de encajes salió Tita, con los ojos rojos y me dio la noticia: mamá había muerto en el patio de la casa mientras rezaba el rosario. Cuando me lo dijo, debo aceptarlo, yo no sentí nada, solo un vacío que se extendió hasta los pies y allí desapareció. No paso nada más. No me entró el desespero. Fui hasta mi cuarto y me cambié. En esas abrió la puerta la tía Inés. Ella estaba de verdad conmovida y me abrazó con fuerza mientras me decía que ella siempre iba a estar con nosotras. No sé si necesitaríamos su compañía, pero era bueno que estuviera allí en esos momentos y que me diera ese abrazo. Yo salí al patio y me ubiqué en una de las sillas del centro. Apenas me acomodé, comenzó la procesión de pésames. Era una fila india de señoras oscuras y viejas que se acercaban, me daban un abrazo, me decían que lo sentían o cosas por el estilo y me daban la novena de las ánimas. No se cuántas eran, pero se acercaban, unas me daban un beso babiado en la mejilla y me decían que no me preocupara, que Carmencita estaba en el cielo, que todo cabía en la misericordia del Señor. Una mierda. En eso me parezco a mamá. Ella detestaba los velorios. Ella decía que esos momentos ya eran bastantes difíciles para tener que aguantarse a la gente en la casa diciendo tonterías acerca de Dios, de la fuerza y del futuro. Lo decía con objeto de causa: Hace dos años había enterrando, sin velorios ni desfiles a mi papá. A ella que alguien se muriera en Milagros no le daba tristeza sino que le daba pereza. Sacar el vestido, ir hasta la casa del finado, ponerse a rezar y rezar y tomar tinto. Por eso nos dijo a Tita y a mí durante una procesión de Viernes Santo, que nada de entierros ni de velorios, que la cremaran y regaran sus cenizas en el patio de la casa. Tita casi se cae de la impresión y le reclamó, pero ella era irreductible en ese sentido, así que ya no lo deseó sino que lo ordenó, que la cremaran y punto. Ahora puedo ver lo indignada que se sentiría observando el espectáculo después de su muerte. Odio los velorios, odio ver la gente llorar y odiaba este, en el que la principal damnificada era yo; no soportaba el lamento de Tita que estaba inconsolable, no aguantaba un pésame más, así que me levanté de la silla y comencé a sacar a todo el mundo “Para la casa señoras, este velorio se acabó, muchas gracias por su visita”, les dije a todas. Esa fue la única manera que mi hermana dejara de llorar porque se levantó rápidamente y me increpó “Rosario, por amor Dios, qué te pasa ¿Cómo vas a sacar la gente así? No ves que son nuestros amigos”. Yo le respondí que quería llorar y quería hacerlo en paz, sin que nadie me jodiera la puta vida. Apenas lo dije, Tita se calló. La tía Inés permaneció en el centro del comedor y me observó como si no me conociera. Yo me fui para el cuarto de mamá y busqué la manera llorar, pero fue imposible. En cambio tenía un dolor insoportable en el cuello. Pensé en ella, pero su rostro no aparecía por ninguna parte. No había nada, absolutamente nada de ella en mi cabeza. Intenté recordarla en el patio, con sus ojos cerrados y apacibles, pero solo me encontré con la bendición de la mano con la camándula, como una carga en la conciencia.

Tuve un sueño raro. Sentía que atravesaba una sustancia espesa, pegajosa y azul y me quedó la sensación que estuve luchando para salir de allí toda la noche. Quería abrir los ojos pero una opresión en mi cabeza no me dejaba. Después de bregar mucho, logre abrirlos. El cuarto de mamá parecía una iglesia, llena de santos y velas encendidas. Las cortinas cerradas y eran tan gruesas que no permitían la entrada de la luz. Me levante como si llevara otro cuerpo pegado en la espalda, además de un dolor en las manos y los brazos. Observé el lugar como si fuera la primera vez que estaba allí. De alguna forma lo era, desde hacía muchos años que había dejado de dormir con ella, y mientras iba creciendo, mamá se empeñaba más en convertir la pieza en un pequeño templo medieval. La cama era vieja y pesada y sobre ella colgaba un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. En cada una de las mesas de noche habían velas e imágenes de San Nicolás de Tolentino, el santo de su devoción. Me acerqué hasta el closet y lo abrí. Estaban todos sus vestidos, colgados, limpios y bien planchados. Comencé a moverlos como si estuviera buscando algo. Después continué la cacería por el resto del closet. Fue un escrutinio minucioso de cada una de sus cosas para ver si la podía encontrar en alguna parte, pero nada. Toqué los vestidos, saqué su ropa interior y la esparcí sobre la cama, abrí los álbumes de fotos, cuando papá y mamá eran unos bebes, pero no estaba el rostro de ella, al menos como lo quería recordar. Deje todo así y caminé hasta la cocina. No tenía hambre, pero era siempre lo que hacía desde que dejé de dormir con ella; despertarme e ir hasta la cocina por un café o algo de la nevera. Allí estaba la tía Inés. “¿Qué hubo tía?”. “¿Qué hubo mija? Cómo siguió de esa loquera de ayer”. Yo quise contestarle que no había sido ninguna loquera, simplemente que quería estar sola, pero era mejor quedarme callada. La tía Inés siguió en los suyo, creo que estaba cocinando algo para el almuerzo, pero extrañamente había perdido también el olfato, el gusto, las manos, los ojos. La memoria. “Y Tita? ¿Dónde anda?”, le pregunté y ella contestó que se había ido para la funeraria por las cenizas de mamá. Yo me dirigí al patio trasero, donde estaba la ropa tendida que mamá había lavado antes de morirse. Eran las sábanas de la casa. Intenté encontrarla allí. El viento comenzó a bailar con ellas y sentí una extraña placidez. Al fondo, un trueno prolongado anunció la tormenta. Después escuché la puerta, debía ser Tita, así que salí hasta el comedor y allí estaba ella con la cajita en las manos “Dios Santo, no somos nada”, pensé. Mi hermana me miró sin saludarme y mientras ubicaba la caja en la parte alta del bidé, me hizo la misma pregunta de la tía, pero con un tono de reproche impotable “¿Ya se le pasó la bobada?”, A ella sí le iba a responder pero la tía Inés salió de la cocina y le dijo qué como se le ocurría poner a Carmen donde la puso si ella odiaba las alturas. A mi me pareció ridícula la observación y lo dije: “Es una caja de cenizas, mi mamá está muerta. No se dan cuenta (señalé la caja y dije con un mayor énfasis) M-U-E-R-T-A”. Tita no aguantó el comentario y comenzó a llorar de nuevo. Se acomodó contra la pared y lloró de la forma más silenciosa posible. La tía inés se acercó al bidé, bajó la caja y la puso sobre la mesa. Tita intentó calmarse, pero no podía, así que dijo entre lágrimas que a las ocho de la noche nos esperaba para regar las cenizas de mamá en el patio, como ella lo había ordenado y se marchó para nuestro cuarto.

A las ocho de la noche estábamos las tres en el patio. Tita ni me determinaba. El viento de la tarde continuaba y me acariciaba la cabeza con suavidad. Me encanta esa sensación de ser acariciada en la cara. Algunas veces solía ponerme en las piernas de mamá y ella pasaba sus manos secas por mis mejillas. Yo cerraba los ojos y me transportaba a otro lugar. En ese momento era la misma sensación, pero no eran los dedos de mamá, sino la brisa. Tita sacó la bolsa de terciopelo que contenía las cenizas de mamá de la caja de madera, mientras la tía Inés comenzaba a leer el Te Deum “A ti, oh Dios, te alabamos, a Ti, Señor, te reconocemos/ A Ti, eterno Padre, te venera toda la creación...”. De repente sentí que una carcajada comenzaba a subirme desde el estómago. Era inconfundible, era una carcajada grotesca en un momento inoportuno. Lo primero que hice fue cerrar los labios, pero se instaló en el fondo de la boca. Era una especie de aire comprimido que me apretaba el cuello y presionaba para salir. Era imposible, no me podía reír cuando estaban disponiendo los restos de mi mamá, no podía dejar escapar esa bomba de risas burlonas que se parqueaban en la parte posterior de mi cabeza. Apreté más los labios. “Los ángeles todos, los cielos y todas las potestades te honran. / Los querubines y serafines te cantan sin cesar:/ Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los ejércitos...”. No sabía qué hacer. Mamá odiaba ese tipo de actuaciones espontáneas. Siempre iba en orden, con las palabras precisas, adecuadas, ni una más ni una menos. Así había educado a Tita durante muchos años, sin embargo conmigo fue mucho más indulgente: me dejaba al libre albredío de mis impulsos en cualquier reunión familiar, mientras que Tita debía permanecer quieta, cumpliendo con todo el rigor del protocolo. Pero yo comprendí que tampoco podía dedicarme a hacer tonterías porque terminaba castigada de peor manera que ella, que nunca se permitió un acto soberano de sus deseos. Por eso Tita, solemne y rígida como una piedra, estaba en la mitad del patio con la bolsita de terciopelo, mientras yo me quería cagar de la risa. La bomba de aire apretó aún mas y comenzó a empujar detrás de los dientes. Cerré las manos, crucé como pude los dedos y entonces no fui capaz de resistir y la solté. Fue un “ja” que interrumpió la solemnidad de la celebración y la concentración de la tía Inés. Sin embargo me tranquilizó por que no fue una fuente interminable de carcajadas que me hubiera causado un problema mayor. Tita me miró peor que nunca y le dije “Perdón”. Entonces la tía Inés retomó la lectura, mientras Tita comenzó a regar las cenizas en el patio. Lo hizo de una forma dolorosa, que entendí muy bien por ese amor casi enfermizo que sentía ella por mamá. Fue su única autoridad y el ídolo a emular. La seguía a todas partes, le obedecía sin pensar en las consecuencias. Tita nunca tuvo novio, no porque ella no se lo permitiera, sino porque sentía que nunca podría haber alguien por encima de su amor filial. En cambio, para mí, mamá fue una mujer cariñosa que estuvo a mi lado y que ahora no podía recordar. Entonces podía comprender el dolor que le producía Tita regar lo que quedaba de ella en el suelo del patio. fue allí cuando tuve la certeza que el dolor le estaba quemando las entrañas cuando perdí la noción de mi cuerpo, porque me invadió una sensación incontenible de risa que llegó a mi garganta y antes de que pudiera detenerla en mi boca, se escapó liberando una carcajada vulgar que me paralizó por completo y se convirtió en mi amo, porque no fui capaz de dejar de reír. Primero me sentí espantada porque era consciente que estaba insultando de frente y sin estupor la ceremonia de una forma evidente, pero no tenía control de ese cataclismo de risas que no se detenían, a pesar de los gritos de Tita y los regaños de la tía Inés. Las carcajadas eran imparables, una detrás de la otra, como si en mi estómago existiera una fuente inagotable de risotadas jajsjajaja ajajajajaja jaajaja me salía y salía como si escupiera sapos y a la vez de una forma tan intensa que ya no fui capaz de sostenerme en pie, caí en el suelo del patio y allí continuó el frenesí, revolcándome, como si fuera un cerdo en su muladar, en las cenizas de mamá.

Cuando volví abrir los ojos estaba en el cuarto de mamá. Traté de incorporarme, pero el abdomen estaba bastante adolorido. Me recosté de nuevo para tomar energías, mientras intentaba recordar qué había pasado. No recordaba mucho después de que caí al piso. De hecho no tenía la menor idea de cómo había llegado a la cama de mamá. Me revisé las manos y el cuerpo para comprobar si estaba cubierta de cenizas, pero me sorprendió que además de estar limpia, estaba en pijama. Tita debió cambiarme. No recuerdo cuándo lo hizo. No recuerdo mucho después de caer en el piso. Sólo tal vez el sueño, que fue muy extraño: caminaba por una duna de arena, interminable. Tenía sed y el sol me quemaba la piel. Fue en ese momento en que desperté. Después de unos minutos, me levanté como pude, agarrándome el estómago. Caminé hasta la cocina. La casa estaba vacía y en penumbras, apenas mecida por una brisa crepuscular. Busqué en el patio trasero las sábanas, pero al parecer la Tía Inés las había retirado, así que el viento lamía ahora las esquinas de las ventanas. Comprendí que había dormido más de la cuenta, porque esas eran tinieblas de la tarde. Me asomé en el comedor y observé con vergüenza los vestigios de mi revoltura. El resplandor de un relámpago interrumpió el ámbito estacionado de esa tarde y el estruendo que le siguió anunció la proximidad de una tormenta. A pesar que Tita me había limpiado con rigurosidad, porque estoy segura que la Tía Inés me habría dejado allí tirada, desprotegida para castigar mi oprobio, me sentía sucia. Sentía que el pecado era algo que me cubría físicamente, Todo me dolía y me dolía por mamá. Nunca se me había permitido una sola grosería contra ella, en eso papá era bastante claro, quien se metía con ella se metía con él, sin importar que fueran sus hijas. Pero ahora ninguno de los dos está, miro hacia el frente y solo encuentro vacío, no tengo quien me de órdenes, quien me diga qué tengo que hacer, cómo debo corregir mi camino. Siempre me enseñaron que la familia era lo más importante, pero yo ya no tenía una. No tenía nada. Un segundo resplandor iluminó por segundos el patio y el comedor y sacudió las ventanas. Decidí bañarme. Fui hasta la cocina, arrastré el bulto de azúcar hasta el baño y allí lo vacié en la tina. Me desnudé lentamente, dejando que la brisa me acariciara un poco. Después cerré la puerta y me sumergí en la pileta de azúcar. Fue una caricia para mi piel maltratada por los días y la muerte. También supe, por el contacto de los granos de azúcar en mi vagina, que llevaba mucho tiempo sin hacer el amor. Recordé que mi último beso había sido con Clarisa, en el primer semestre. Era recurrente que estudiáramos juntas, pero una noche, nos quedamos hablando y después que el movimiento de sus labios me hipnotizara por completo, la besé. Ella no dijo nada, sino que me siguió la corriente. Fue un intercambio de piel curioso, placentero, pero que no quise repetir jamás, a pesar de lo insistente de Clarisa. Después muchos hombres me han pretendido, pero nada me ha así que comencé a acariciarme, sin intenciones de excitarme, solo de sentir que estaba cubierta de algo que respondía al contacto físico. Recorrí lentamente con mi índice derecho el cuello, la cara, bajé rodeando mis senos buscando mi abdomen. Cerré los ojos y en mi cabeza sentí una placidez ajena al luto, pensé en muchas cosas, en papá, en mamá, mientras sobre el techo comenzaban a caer las primeras gotas del aguacero, que finalmente se precipito en una forma continúa y simétrica. Entonces tuve ganas de salir corriendo, desnuda, bajo la lluvia, gritando mi canción favorita. Fue un deseo tan intenso que lo tuve que reprimir tocándome cerca de mi centro de gravedad. Cerré los ojos, mientras la mezcla de sensaciones y deseos irreprimibles me inundaban la cabeza y me dejaban dormida.
Cuando desperté estaba envuelta en una sábana blanca, mojada, desnuda en el centro del patio, mientras Tita y la tía Inés me observaban con estupor. Estaba agitada y en desorden “¿Qué me pasó Tita?”, le pregunté muy asustada. Tita, de nuevo, comenzó a llorar. Fue la tía Inés que se me acercó y me contó que no sabe cómo yo salí del baño, de la casa y alcancé la calle, desnuda, bajo la lluvia y comencé a cantar a los alaridos que Viva Colombia Cabrones mientras corría por todo Milagros. Tita me alcanzó a ver cuando llegaba del trabajo y fue hasta la casa, agarró lo primero que se encontró que fueron las sábanas que estaban sobre el sillón de la sala y me persiguió por varias cuadras, hasta que me atajó cuando yo cantaba en medio de la banda marcial del barrio que no había interrumpido su ensayo a pesar del aguacero y de mi espectáculo atroz. Pero yo continué en mi delirio y cuando Tita logró levarme hasta la casa, de nuevo me lancé sobre las cenizas de mamá, que debido a la lluvia, se habían convertido en una argamasa gris que ahora, cuando recobraba la conciencia, me cubría totalmente. Estaba cubierta por mamá. Algo me apretó la garganta e hizo que mi rostro temblara. Miré a Tita y comencé a llorar sin consuelo. Ella se acercó y me abrazó fuerte, sin importar lo que me cubría. Lloré con ella, me levanté, fui hasta mi pieza, me limpié, me cambié y todavía seguía llorando. Comprendí por fin que mamá se había muerto de repente y que no habíamos tenido el tiempo suficiente para despedirnos, pero que esa no era razón para ese comportamiento errático de mis últimos días. Comprendí por primera vez el concepto de la soledad, de la ausencia y que en mi condición de hermana menor, había bloqueado porque no soportaba ninguno de los dos conceptos. Estaba sola y no tenía la menor idea de cómo continuar, siempre había seguido órdenes, indicaciones, orientaciones, consejos. ¿Ahora qué? Debía aceptar que la única orientación posible era la que me diera la atribulada Tita y mis maestros de la facultad. Llore el resto de la noche y los días siguientes hasta que me recuperé y me despedí de ella con lo poco que quedaba de cenizas sobre el suelo del patio.
A los días decidí regresar a la universidad. La mayoría de mis compañeros me preguntaba sobre mi estado y me sentí en paz y serena sobre todo lo que había ocurrido, entraba a la clase de anatomía, me ponía el traje verde, el profesor acercaba la camilla con el cadáver de turno, lo destapaba ante todos, mientras yo me tenía que sostener en mis compañeros para no desmayarme de la impresión al ver ese rostro de nácar alisado y cabellos cenizos y brillantes.

Era mamá.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Víctor



Imagen Támara Natalia Millán "Dolor".

Se escucharon tres disparos. Después solo hubo un silencio en la sala donde estaban la abuela y tres tías. Ninguna de las tres reaccionó, solo se miraron entre ellas hasta que sonó el teléfono. Parecía un grito de auxilio que se repetía. El sobrino, que entraba la sala a preguntar por los tres disparos, levantó el auricular y contestó. Algo le dijeron casi a los gritos, tan alto que se podían escuchar los alaridos al otro lado de la línea. Después colgó. Todos en la sala sabían muy bien qué le habían dicho al sobrino y la razón de los tres disparos, pero nadie pronunció una sola palabra. Fue un mutismo prolongado que solo fue capaz de resolver la abuela.

-Qué paso Mijo- preguntó.
-Le dispararon al tío Víctor en la esquina-dijo pasmado-se lo llevaron para la clínica.

Lo que siguió fue una carrera trepidante por la calle de la casa, la esquina, pasar por encima del charco con la sangre del tío Víctor, subir por Ayacucho y llegar hasta la Clínica. En la puerta de la entrada a urgencias, todos se detuvieron. Aguardaron hasta que llegara el tío Jorge, el cómplice de su agonía de amor en los últimos meses y la única persona que tendría la serenidad para ingresar en esa sala siniestra y enterarse de la situación. No tardó mucho, los miró a todos a los ojos, sabiendo muy bien que esto estaba cantado, que nadie debería estar sorprendido, pero también sabía el tío Jorge, que nadie quería admitir que iba a ocurrir algún día. Después levantó la cabeza, ingresó a la sala y desapreció por la puerta móvil de la clínica.

Durante la espera, todos, mirándose pero sin decirse nada, comprendían que este era el final natural para todo lo que había pasado en las últimas semanas de vigilia, pero todos, animados por la fraternidad, esperaban un milagro del cielo que acabara con su tortura y su final fuera un apacible dejar de respirar por la vejez. Sin embargo, tal vez, pensó el sobrino, el milagro verdadero era este.

Pero la agonía de amor de Víctor no comenzó con Sonia, aunque la familia entera la culpara de eso . Su tragedia se inició hace 20 años, cuando estudiaba en la Universidad. Víctor era el hermano mayor de una familia de 10 hermanos, seis mujeres y cuatro hombres, que crecieron felices contra la adversidad de la pobreza. Él, el mayor, siempre se destacó por sus calificaciones sobresalientes y un espíritu de ángel de la guarda reconocido en todo Milagros. Famosas eran sus reuniones llenas de música y alegría en la casa de los Valencia, en la esquina de la 32. Amado por las mujeres y bendecido por los maestros de las escuelas, cuando se graduó de bachiller con honores una empresa textilera le otorgó el privilegio de darle una matrícula de honor en la Universidad de Antioquia. Era la gloria de un barrio que nunca tuvo gloria.

En la universidad, sus años de dificultades lo influenciaron para pelear por un mundo justo, solidario y equitativo donde las clases desaparecieran. Comenzó a asistir a las Asambleas Generales y se convirtió en el músico de un movimiento estudiantil incipiente, pero lleno de energía para alborotar. Durante las noches en la Universidad, se la pasaba componiendo coplas nuevas sobre el movimiento y la ilusión de ese mundo sin imperios, ni policías. Su inteligencia la desplegó en ese movimiento y los estudios. Mantuvo la beca por tres semestres más. Sin embargo, en ese tercer semestre, después de la desaparición de un estudiante, el movimiento se alborotó y obligó a cerrar el campus. La policía de inmediato rodeó el lugar y comenzó a la presión contra las piedras y las papas explosivas que los estudiantes lanzaban. La batalla se prolongó. En el interior, Víctor permanecía con sus compañeros gritando arengas y frases en contra del establecimiento y denunciando la desaparición de Santiago Castañeda, hijo, hermano y amigo. Sin embargo, al tercer día de enfrentamientos, la policía logró romper el cerco impuesto por los estudiantes e ingresó a la universidad. Víctor huyó junto a otros dos amigos por lo salones perseguido por dos agentes que los arrinconaron en el salón de música. Al verse sin salida, frente a la mirada amenazante de la autoridad, la que habían jurado derrocar en sus canciones de media noche en la Universidad, la única alternativa para evitar la represión fue lanzar lo primero que se encontró a la mano: un triangulo musical.

Los dos policías apenas esquivaron el instrumento, arremetieron contra él, dejando escapar los otros. Lo que siguió fue una golpiza brutal, descargaron el aborrecimiento reprimido durante tres días de explosiones, gritos y persecuciones. Le pegaron en todas partes, en las manos, en las rodillas, en el estómago, en la cabeza. En la cabeza. Repetidamente, un golpe detrás del otro. Con saña, con odio, como si en abrir esa cabeza estuviera el fin de esa revolución juvenil que quería cambiar el mundo y ellos, hombres de autoridad, tuvieran en sus manos la misión de ponerle fin. La sangre cubrió el rostro de Víctor mientras perdía la conciencia. Cuando el cuerpo dejó de moverse para repeler el abuso, los dos policías lo abandonaron allí.

Durante dos días, la abuela no supo nada de él. Ella conocía las actividades en la universidad y Víctor la llamó desde los teléfonos públicos. Sin embargo, a la segunda tarde, cuando la Policía dio parte de victoria por la radio, ella no aguantó más y salió para el campus. Aunque estaba sugestionada por los boletines de radio que daban informes sobre estudiantes muertos, fue una fotografía la que agrió su corazón: en la primera página de El Colombiano, un joven, casi muerto, iba llevado por dos estudiantes más, hacia un lugar incierto. El pie de foto decía que la intervención en la Universidad en la tarde había sido una masacre. Ya en la entrada nadie supo darle razón de su hijo mayor. Fue a los hospitales y tampoco. Finalmente fue a la Policía. Allá se le presentó al Teniente Martínez y ella, con la dignidad de los años y de los hijos bien criados, le dijo con gravedad, pero sin perder el respeto:

-Mi hijo se llama Víctor Valencia y es estudiante de la Universidad de Antioquia. Si usted lo tiene aquí, tenga la amabilidad de devolvérmelo-.
-Y eso como porqué-
-Porque no es un criminal-

El teniente Martínez revisó los archivos y no encontró a ninguno con ese nombre. Al ver la cara de angustia de la abuela no quiso ser más piadoso, sino, en cambio, más realista.

-Pues yo creo señora, ya que fue al Hospital, que le va tocar mirar en Medicina Legal-.

El comentario no la amargó. Caminó hasta la morgue, sabiendo, como sólo lo saben las madres que su hijo no estaba muerto. En ese lugar le mostraron los cuerpos más recientes, desde la última vez que habló con él y ninguno se parecía a Víctor. “Lo sabía”, le dijo a una de sus hijas que no la desamparó en esta caravana de incertidumbre. Sin embargo, eso no resolvía el problema: Víctor continuaba desaparecido. Al no saber nada de él, lo único que quedaba en esos momentos era esperar, lo que se antojaba para la abuela como algo insoportable. Cuando llegaron a la casa, uno de los compañeros de Víctor, que estaba en la casa desde el inicio de las hostilidades, se le acercó a la abuela y le pidió hablar a solas.

-Doña Carmen, yo sé dónde está Víctor. Solo le puedo decir que esta vivo-
-Dónde está mijo, donde tienen al muchacho- le replicó la abuela-
-No le puedo decir, doña Carmen, es muy peligroso-
-Me decís ya dónde está, pues o el desaparecido es otro-

El joven la condujo hasta Policlínica y presentándose con un nombre falso, le dejaron llegar a hasta la sala de observación donde esta Víctor, con el rostro hinchado, la cabeza cerrada con hilos, pero vivo. Durante un mes la peregrinación de amigos no cesó en el hospital y cuando por fin lo dieron de alta, las calles de Milagros se cerraron por un día, para darle la bienvenida a la vida al querido Víctor con una fiesta sin precedentes. Sin embargo, cuando se apagaron los flashes del entusiasmo, sus hermanos y la abuela comenzaron a darse cuenta de los efectos de la paliza de esa tarde: el amable ser humano que se convirtió en la esperanza de un barrio entero, ahora era un pesimista sin alegría, que había dejado de sonreír para siempre. Poco a poco, el recuerdo de la golpiza lo fue postrando en un sillón. Abandonó la universidad, a pesar de los ruegos de sus compañeros y de la propia abuela que le pedía que no hiciera perder la ilusión de una anciana. “Mamá, usted no es una anciana, déjese de bobadas”, le respondió. Prefirió conseguir un trabajo, ganar lo suficiente para pagarse los cigarrillos que se convirtieron en su nuevo vicio y olvidarse para siempre de la universidad. Tampoco volvió a la música, la guitarra se transformó en un adorno de la casa y poco a poco se volvió uno más, en alguien que cruzaba la esquina, que tomaba dos veces al día el bus en el centro y que ocasionalmente, los viernes en la noche, se emborrachaba con cerveza.

La vida lo llevó a Venezuela y le regaló dos hijas preciosas. Pero allá se acabó el petróleo. Y acá se le acabó el matrimonio. Cada día, mientras intentaba rescatar su vida antes de irse, las peleas con su mujer eran más frecuentes y la relación se convirtió en un conflicto insostenible. Víctor, en un armisticio injusto, debió abandonar su casa para volver junto a la abuela. Allí se refugió en la cuarto superior y se encerró como un brujo medieval a consumirse en su propia ansiedad. Cada ocho días, sus hermanas y los sobrinos que siempre habían recibido de él una palabra amable, lo veían pasar como si fuera un espectro, un agente inmaterial que atravesaba la sala, únicamente para pedir el encendedor. Un día, por intercesión de la abuela, uno de los tíos le ofreció un puesto como vendedor de pilas en los pueblos. Él aceptó porque no le quedaba otro remedio y comenzó a recuperarse de él mismo. Las salidas a los pueblos le oxigenaban la cabeza. Cada ocho días, se iba con sus dos hijas por distintos lugares de la ciudad, intentando recuperar la niñez que se desapareció entre las peleas con su mujer. Volvió a sonreír y algunas noches, lo escuchamos de nuevo colgándose la guitarra, recordando vagamente algunas notas.

El arrebato le continuó durante otros meses. En la mitad de ellos conoció a Sonia. Fue una noche, en un restaurante de carnes asadas a dos cuadras de la casa de la abuela. Ella estaba allí, sola. Víctor fue con Jorge y con el sobrino y entonces cuando menos lo pensaba, ella estaba sonriendo. En ese momento, volvió a perder la razón. De alguna manera comprendía que en su vida desafortunada, una sonrisa era algo más que merecido y suficiente. Y necesario. Así que solo tuvo que volver a sonreír para conseguir lo que parecía le era ajeno desde hacía muchas noches, una compañía.

Poco a poco comenzó a frecuentarla. Poco a poco, comenzó a irse de la casa. Primero fueron los fines de semana, después las visitas iban hasta el miércoles y de un día para otro, se despidió de la abuela con dos maletas “Bueno, vieja, me voy para donde Sonia”. Al fin de semana siguiente la trajo para la celebración del día de la madre. Todos la recibieron con amabilidad, pero con la certeza claridad que a todos les inspiraba la misma desconfianza. Sonia no era ni hermosa, bien podía pasar por el frente de un edificio en construcción sin recibir ni un piropo de piedad. Pero lo que más les preocupaba era la obstinación de Víctor en hacerles creer que era feliz. Hablaba de sus proyectos conjuntos, de la nueva esperanza de vida que le había traído esta mujer sin gracia que presentaba como su salvación, cuando se notaba que él único que sabía que estaba en una relación era él. Y lo entendieron, entendieron que a su edad cualquier caricia fuera suficiente para creer que era algo similar a la felicidad o que, una caricia fuera suficiente para creer que podía ser feliz. Ella estuvo allí durante una hora, la niña si apenas jugó con los sobrinos más pequeños, mientras las verdaderas hijas de Víctor lo miraban con un justo desprecio por la humillación a las que estaban siendo sometidas.

Esa fue la última vez que la familia volvió a ver a Sonia. Las visitas de Víctor se limitaron a algunos almuerzos ocasionales. La abuela aprovechaba para preguntarle por él, por las niñas y algunas veces, por Sonia. Él respondía parcamente a todo “Bien mamá, todo marcha sobre ruedas”, la besaba en la frente y salía por la puerta. Pero un día, al medio día no llegó Víctor, sino Juan, el hermano menor y con el rostro totalmente atribulado, tomó del brazo a la abuela y se la llevó para la sala de la casa. Allí, después de varios intentos , le dijo, de la mejor manera, que Víctor había desfalcado a la empresa por 12 millones de pesos y había sido despedirlo por abuso de confianza.

-Y Víctor en que se gastó esa plata por Dios?-, preguntó la abuela.
-No se, pero tampoco tenía como devolverla- respondió Juan.
-Y dónde está-
-Me imagino que donde Sonia-

La abuela quedó en las tinieblas. Durante todos esos años, a pesar de la crisis, de los malos momentos, de las dificultades, Víctor siempre se había mantenido en el límite de la moral y la dignidad. Ahora, en medio de la desaparición, traspasó el único umbral que le faltaba: el de su propio respeto. Y el de su familia. De inmediato se pusieron a buscar a Víctor para que diera la cara. Llamaron a las dos hijas para preguntarle el teléfono de su papá, pero Lorena, la menor le dijo que no lo tenía.

-Y sabes donde está él- preguntó la abuela
-No abuelita, hace dos semanas que no hablamos con él-

Por unos segundos, la abuela cerró los ojos. Los cerró duro y todo se oscureció. Pensó en esos primeros días, cuando lo tuvo en los brazos, un pedazo de huesitos que lloraba sin césar, que era feliz con los sonidos que le hacía el abuelo Fidel, que lo quiso desde el primer día hasta que se murió, antes de verlo graduado de bachiller. Pensó en los días radiantes de las fiestas en la casa y como le agradaba escucharlo cantar los boleros que el viejo Fidel le enseñó cuando era niño. Cerró más los ojos y buscó en su corazón de madre un motivo para calmarse y no lo encontró. Supo cuando ya le ardían los ojos por la presión de los párpados y las lágrimas de dolor, que su hijo mayor iba a ser el primero que iba a enterrar, que esta vez no iba a sobrevivir otra vez como en la universidad, que esta vez no habría la piedad de los bolillos, sino que se lo matarían en la esquina, como a un perro, como mataban a los hijos de Milagros en Medellín.

-Jorge- llamó la abuela con urgencia-
-Si mamá- respondió el tío.
-Se me va ya y me busca a Víctor. Donde sea-
- Si señora-

Durante varios días, Jorge buscó por todas partes a su hermano, pero no lo encontró. Fue hasta la casa de Sonia, pero allí nadie le dio razón de ella ni de él. Solo un vecino le confesó que había visto a Victor salir de la casa con dos maletas caminando hacia lo profundo del barrio. Al quinto día de búsqueda infructuosa, Víctor se apareció en la puerta, flaco, maltrecho, sucio y con las dos maletas en la puerta de la casa. Le abrió el tío Jorge.

-Jorge, no le digas a mi mamá que estoy acá – le pidió con el rostro demudado por la angustia y la escasez- Necesito que me prestes 20 mil pesos.
-Solo tengo 10 mil- respondió Jorge, mientras la abuela se asomaba por el balcón, veía a su hijo mayor, corría por el corredor de durantas y helechos, bajaba las escaleras y se lanzaba sobre los brazos mugrientos de Víctor.

-Víctor, por amor a Dios, dónde estabas-
-Por ahí... Vea mamá, yo no vine a molestarla, yo solo vine...

La abuela no lo dejó terminar, tomó las maleta y mientras le daba una a Jorge, se volteó y le dijo: “Vea Víctor, déjese de disculpas. Aquí no las necesita, esta es su casa”. Esa noche, las hermanas y los sobrinos lo recibieron de nuevo con la misma alegría de la primera vez. Las hijas lo perdonaron en un abrazo de lágrimas que se extendió en una parranda fraternal hasta las cinco de la mañana. Sin embargo, la abuela, que lo miraba a cada instante durante esa primera noche, sabía que su hijo estaba condenado por el amor y que de alguna manera u otra, pronto se iba a morir de eso.

Víctor no tardó a acostumbrarse a la nueva rutina. A pesar de la deuda enorme, se comprometió a pagar hasta el último centavo. Consiguió un trabajo de medio tiempo en Empresas Publicas y poco a poco, se convirtió en un pedazo más de la casa de la abuela. Pero nadie lograba saber lo que había ocurrido desde el momento en que lo despidieron del trabajo de vendedor hasta que regresó como un pordiosero. Solo una noche se pudo descifrar el misterio. Víctor le confesó a Jorge que cuando le contó a Sonia que lo habían despedido del trabajo, ella lo despidió de la casa con el argumento que ella no iba a mantener a nadie y menos a un desempleado viejo e inservible. También le confesó que los 12 millones de los había gastado en la remodelación de la casa de Sonia y en el estudio de la niña. “Todo ese esfuerzo, para que me echara así”, le dijo llorando. De alguna manera Jorge y la familia lo comprendierony cuando se enteraron de todo, que las cosas se originaron en la escasa fortuna de su vida y de las poca probabilidades que le quedaban para el amor. Estaba condenado, con su pobreza, con su cabeza rota, con su desafortunada manera de tomar sus decisiones, en estar solo y esa mujer, de la nada, le ofreció una miseria que parecía la felicidad y él se enganchó a ella para siempre.

-A esa edad, por amor se hace cualquier cosa-dijeron todos.
- O por un polvo, que a esa edad, es casi lo mismo- dijo sin inmutarse la abuela, indignada con el relato.

Los días pasaron con normalidad. Víctor llegaba del trabajo, descansaba un poco y a las seis de la tarde, sin falta, se arreglaba y salía para la esquina, perfumado y en perfecto orden. Muchas veces el sobrino se lo encontró allí, con una Tutifruti en la mano, buscando por las ventanas de las busetas que ascendían por Ayacucho ese rostro que lo atormentaba. La ansiedad de no encontrar lo que estaba buscando lo fue consumiendo poco a poco. Ya las salidas eran más prolongadas y cada vez que regresaba, su rostro estaba desfigurado en la expresión, sus labios cerrados, sus ojos pesados como cayendo por un abismo y una total sensación de derrota en su cuerpo.

Un día llegó a la casa con un brazo enyesado. Mientras realizaba un trabajo en un poste de luz, la escalera en la que estaba trepado, cedió y cayó. El accidente le dejó el antebrazo partido en dos. La incapacidad le duró un mes, lo que fue peor para su estado de ansiedad incontrolable. Aumentó la dosis de cigarrillo y café, se pasaba las noches en vela, asomándose por el balcón, saliéndose por la terraza, intentaba pintar algo con un carboncillo en los papeles viejos de la casa. Era un rastrojo de una vida desafortunada, que no conversaba, sino que buscaba, que escarbaba en la memoria las razones para volver. Se lo dijo varias veces a Jorge en esas noches de insomnio, que quería volver a verla, pedirle una explicación y también una segunda oportunidad. Quería volver a sentir la piel cálida de una mujer excitada, quería besar los labios comprados de esa Sonia que cumplía con todos los requisitos que necesitaba para ser feliz: culo, tetas y chimba. No necesitaba más. Y lloraba, lloraba sin lágrimas, lamentándose por esta vida de mierda que se salió de las manos desde que dejó de moverse después de la paliza de los uniformados.

Una noche, tardándose más de lo habitual, Víctor llegó a la casa como si acabara de correr una maratón, siguió derecho hasta su cuarto, sin saludar a nadie. Jorge lo siguió y se lo encontró en el borde de la cama, sin poderse estar quieto, transpirando, agitado, exaltado por algo o por alguien. “Qué pasó viejo, estás bien”, preguntó el hermano.
-Fui hasta la casa de esa hijueputa y volví mierda todo-
-Cómo viejo-

Y le contó. Le contó que subió por todo Ayacucho, hasta la casa que él renovó con los dineros que no eran suyos y le exigió que le diera la cara. En vista de la negativa de su antigua amante, él procedió a destrozar los jardines, las ventanas y a rayarle la fachada con los restos de los vidrios. Cuándo ella salió para pedirle respeto, procedió a destrozarle la cara con un golpe, a patearla, a recuperar su dignidad, dejando la de ella por el suelo.

-Se lo merecía esa hijueputa- dijo llorando, gritando, sin poder calmarse todavía.
-Negro, por Dios- respondió Jorge- Qué hiciste

Entonces, después de muchos años, después de calmarse y sentarse en el borde la cama de nuevo, sonrió. Fue una sonrisa fugaz que se desvaneció en el aire. Jorge también se rió y se quedaron toda la noche emborrachándose y en la mitad de la alborozo, Víctor le remató la faena.

-Y sabés que me dijo la hijueputa esa cuando se levantó- dijo Víctor abrazando a Jorge- que me iba a matar. Que esto lo pagaba con la vida. Ah? Qué tal la bandida esa.

A él y a Jorge les pareció una respuesta más. Una reacción natural a semejante partida de jeta. Como todos los días, este viernes, Víctor salió a las seis de la casa, se parqueó en la esquina con su Tuttifruti y cuando menos lo esperaba, un tipo se bajó de una moto, sacó un revólver, le apuntó a la cabeza y le dijo que lo iba a matar porque a las mujeres no se les pega hijueputa. Según la señora de la esquina, Víctor reaccionó y alcanzó a forcejear con el sicario, pero su brazo derecho, el mismo que se había lastimado en el accidente, no resistió la pelea y liberó el brazo del atacante. Le metió tres tiros, los mismos que escucharon en la sala de la casa.

-Ahora levántate pues hijueputa-

La espera tardó media hora. A la sala de urgencias había llegado las otras hermanas, sus hijas y la abuela, que a pesar del empeño de la hija mayor, se había negado a quedarse en la casa sin saber la suerte de su hijo. Jorge atravesó la puerta y los miró a todos. Estaba llorando y todos comprendieron que el final de la tortura había acabado, que el querido Víctor, que a pesar de sus problemas y sus tragedias, era un Negro querido que todos adoraban como cuando era aquél ser lúcido y brillante del colegio y los tres primeros semestre de la universidad, por fin descansaba en paz. Al final los ojos de Jorge se posaron encima del rostro de la abuela y sin poder contener el llanto le dio la noticia que todos estaban esperando.

-Má, Víctor está vivo-

lunes, 15 de febrero de 2010

En las entrañas del gigante




Artículo publicado en El Colombiano el 14 de febrero de 2010

Fotos: Juan Antonio Sánchez

Y pasa que las ciudades no escogen sus símbolos: la torre Eiffel fue un armatoste de metal construido para la exposición universal de 1889, en París, y se quedó para siempre; la Estatua de la Libertad fue un regalo a Nueva York del gobierno francés y sigue, desde 1886, imbatible con su antorcha y su libro. Las ciudades no escogen sus símbolos, simplemente pasa. A Medellín, en esa repartición de destinos, le tocó el edificio Coltejer.

Ahí está, desde 1972. Un emblema de 36 pisos, 18 mil metros cúbicos de concreto, 2.000 visitantes diarios, 760 escaleras, 40 pararrayos, seis tanques de almacenamiento, nueve ascensores, tres sótanos y un nacimiento de agua.

Pero también el lugar de encuentro, el lugar que más de uno ha utilizado para orientarse en el centro. El símbolo, el referente, la señal definitiva de que ya estás en Medellín.

Además de los 175 metros sobre los que se levanta en el aire, el Coltejer sigue 13 metros bajo la tierra. Ahí, enterrados en la mole de concreto, están los tres sótanos.

Dos de ellos son dedicados a los parqueaderos. En el tercero, sin embargo, se puede encontrar el motor del aire acondicionado -que parece un animal enjaulado que brama de furia- y los tanques que son surtidos en parte por el nacimiento de agua que se encuentra en un rincón de este lugar.

En las entrañas del gigante, nos encontramos a Marco Fidel Valencia. El hombre camina, explica, señala, sabe cada secreto, cada proceso lo controla a la perfección. Él es el jefe del almacén, pero ante todo es el teniente-bombero del edificio.

"Hace seis años, debido a una humedad en una pared, se decidió contratar a una empresa que maneja ese tipo de necesidades. Cuando fueron a hacer los trabajos, la pared vomitó el agua y desde entonces no ha dejado de brotar".

Al mes, el nacimiento surte 1.500 metros cúbicos que, después de un minucioso proceso de potabilización, sirven para completar la cuota mensual de consumo de agua en el Coltejer: 2.700 metros cúbicos.

-No sabemos bien de dónde viene, pero ahí la tenemos y nos ha servido mucho- dice.

Del sótano subimos al piso 19. En uno de los renovados ascensores, el cambio de altura se percibe en los oídos y una leve sensación de vértigo aprieta el estómago. Entonces pienso en los que se encaraman en esos andamios imposibles, a pintar y limpiar el edificio: ¿cómo se sentirán?

Parece que alguien estaba pensando lo mismo, porque pregunta cuántas ventanas tiene el edificio. "El Coltejer tiene 3.600", responde Juan Guillermo Graciano, un hombre moreno, tranquilo, de ademanes prudentes, que no duda con el dato.

-¿Y usted cómo lo sabe?

-Porque yo soy el que los limpia.

Graciano, un licenciado en idiomas, después de un viaje a Estados Unidos descubrió una técnica que le ha servido para limpiar, pintar y sellar las ventanas y fachadas de 40 edificios de Medellín, entre ellos el Coltejer: el alpinismo.

La técnica consiste en deslizarse por una cuerda, estilo rappel, desde lo alto del edificio hacia abajo, mientras se les pasa jabón y agua. "El Coltejer es uno de los edificios más fáciles de limpiar y hasta de pintar. El único requisito es no tener miedo a las alturas".

Pero me aclara, sin alterarse, que él limpia. No desmancha. "Al edificio lo dejaron coger ventaja con los residuos calcáreos. Ahora -sostiene- es muy difícil sacarle esa tonalidad blanca que está pegada a los vidrios".

Las ventanas se acaban en el piso 34, con dos inmensos miradores, que la gente confunde con los ojales de una aguja. Raúl Fajardo, uno de los arquitectos responsables del diseño, recuerda que esas ventanas no estaban en la idea general.

"Cuando entregamos los planos finales -recuerda Fajardo-, el presidente de Coltejer, Rodrigo Uribe Echavarría, nos dijo que si íbamos a construir un edificio tan alto, había que aprovechar la vista".

Entonces se hicieron los ventanales en lo que antes era la oficina de presidencia y hoy es el salón Carlos Ardila Lülle, que es un pasillo elegante y bien decorado que sirve como lugar de reuniones cuando el "doctor Ardila" está en la ciudad.

Y sobre el salón, entonces están las puntas. Esas dos bateas o cuchillas, como se les dice en el interior del edificio, hacen la diferencia. Allí funcionan el salón de máquinas, donde se controlan los ascensores, las antenas de comunicación y las ya famosas banderas.

Según Álvaro Henao, administrador del edificio, las banderas de Antioquia y Colombia en lo alto son una orden que viene desde el mismo Ardila Lülle. "Allá arriba siempre tienen que estar las dos izadas", dice. Las hace Yolanda Muñoz. En su tallercito de su empresa Banderas y Afines las teje con tela de apolo, refuerzo en las puntas y sistema de reatas, grilletes y otros aditamentos.

Su explicación: "tienen que hacerse de una forma especial, porque el rigor de la contaminación y el viento, las dejan inservibles en muy poco tiempo".

Poco tiempo son dos meses. Estas enormes banderas de siete metros por cuatro, se tienen que cambiar cada dos meses, y cada una cuesta 263 mil pesos. Así que cada cambio sale a 526 mil pesos. Todo por el orgullo nacional.

Desde arriba se observa la gente que pasa por La Playa y por Junín, diminuta, casi puntos que se mueven aleatoriamente sobre el asfalto. Mientras que cuando se observa desde abajo, lo que aparece es un gigante, que eligió a Medellín para ser su símbolo.

lunes, 25 de enero de 2010

Germán

¿Por qué no se sienta a mi lado? Acaba de subirse, he sido galante, me he corrido hacia la ventana y le he dejado el puesto limpio, pero prefiere quedarse parada. Hace rato que me viene pasando lo mismo, yo sé la razón, pero cada día me siento más incómodo: me ubico en la silla en el lado de la ventana, pero ninguno de los que abordan el bus se hace a mi lado. Me gusta estar solo, porque estoy más amplio, más tranquilo, pero también, últimamente, me molesta que nadie se siente a mi lado.

Utilizo el bus con frecuencia. Desde que estaba en el colegio. Hubo una época en que la parte favorita era la de atrás, la última silla. Como tenía que hacer largos trayectos, aprovechaba ese rincón para leer algún libro. Después ya no hubo tiempo para eso, y simplemente me ubicaba donde podía. Entonces, comencé a sentir esta discriminación. Sí, es discriminación porque soy gordo. No obeso, sino gordo, rellenito. Por eso la gente no se sienta a mi lado, porque piensan que se van a sentar al borde de la silla. Y es duro, porque de hecho es muy duro ser gordo en un bus por estos días. Cada vez los hacen más pequeños y por la avaricia de los dueños con sillas más apretadas. Muchas veces, mientras trato de acomodarme para darle suficiente espacio a la persona que se acaba de subir, me lastimo las rodillas, quedo contra los espaldares y tengo que empujar con mucha fuerza para que no me destrocen la rótula.

Tal vez por eso me molesta tanto el hecho que no se sienten a mi lado. Es ofensivo que la gente prefiera quedarse parada durante 20 minutos, solo porque piensan que con mi nalga voy abarcar parte de su puesto. Juro que no cubro toda la silla, y la mayoría de las veces me corro hacia la ventana, para evitar el roce con la persona que quiera sentarse a mi lado. Es otro esfuerzo sublime en estas latas de sardinas modernas. Además de astillarme las rodillas hasta el límite, me estrecho contra la ventana lo que más puedo. Y observo que queda un buen aire entre mi pierna y el resto de la banca. Ocupo la mitad de la silla y ni así. La gente sigue parada.

Es difícil ser gordo. Para mi lo es. Muchas veces me acuesto con el temor que el peso de la grasa acumulada en mi abdomen y el pecho me aplasten. Entonces me despierto, en la mitad de la noche, desesperado y con el temor de morir, que es el peor de los miedos. Hace rato que perdí la capacidad de movilidad y la comida me gana esta pelea. ¿Qué más debo soportar?


Otro problema es que estoy en la capital de la moda “latinoamericana”. Y las mujeres, maldita sea, se han tomado esto a pecho. Y son todas, no son únicamente las muñecas siliconudas de El Poblado y anexos. También estas indias que se montan en los buses. Unas van con sus aspiraciones de modelos y princesas, delgadas como un pitillo y me evitan cada vez que se montan en el bus. ¿Qué les molesta? ¿Mi rostro inflado, mi actitud indulgente, mi sensación insegura que soy, en esta ciudad de gordos barrigones, una especie de marciano y entonces ninguna tiene la piedad de sentarse a mi lado?

Otra mujer acaba de subir. Tiene el rostro lavado. En esas son en las únicas que confío, esas que tienen un aire de hippies irremediables, que no se pintan ni las canas del pelo, que andan con faldas de colores sicodélicos y huelen a incienso. Nunca había visto a una sola, siempre estaban acompañadas. Ella observa el pasillo de sillas antes de pagar. La única silla disponible es la que está a mi lado. Me acomodo otra vez. Estiro las rodillas para ver si no quedan contra el espaldar y recojo la maleta para que quede en mi espacio disponible. Su lugar queda libre. Ella recibe el cambio y observa altiva a cada uno de los ocupantes del bus. A mi no, pero camina y se ubica a mi lado. Comienzo a respirar rápidamente.

Yo tampoco la miro. Es la primera vez que esto pasa (Desde que comenzó este apartheid en el transporte) así que no se muy bien qué hacer. Por primera vez el dolor en mis rodillas tiene sentido, pero no es eso lo que me tiene incómodo. ¿Le hablo? Antes de este problema con mi peso, cuando una mujer se sentaba a mi lado y quería entablar alguna conversación con ella, le pedía la hora. Algunas veces recibía una sonrisa y esa era la señal para empezar lo que fuera. Las cosas no fueron más allá del trayecto, pero la emoción era suficiente para alegrar el día. Esta puede ser una buena oportunidad para retomar esa estrategia.

Pero no tiene reloj.

En mi brazo siento su calor. Es como si su piel tibia respirara y buscara la mía para refrescarse. ¿Cómo será de novia? ¿Será sumisa o más bien una loca sin estribos que nunca para en la casa y le coquetea a todo el mundo? Tiene buen cuerpo. Mientras pagaba, observé su trasero cubierto por la falda de colores. Era firme y grande. Eso me gusta. La cara es bonita. No me daría vergüenza salir a la calle con ella. Que pasaran mis amigos y me vieran cogido de la mano. Me iría bien. La llevaría a caminar por todo el centro: Junín, Carabobo hasta llegar el Parque de Bolívar, ojalá a las seis de la tarde ¿Cuál sería la canción perfecta? Strangers in the nigth me parece bien para este momento, pero no, es un poco pretencioso. Mejor Cuando voy por la calle: Cuando voy por la calle y me acuerdo de ti/ qué cosas no daría por estar junto a ti/ Me parece que tienes la cara más bonita, el aura más radiante y el aire más sutil.

Esa será nuestra canción. Intento observarla directamente a los ojos. Pero no se cómo hacerlo sin resultar demasiado evidente. Voy a observar hacia la ventana del otro lado y poco a poco sí... así.. me acerco a su rostro. Es realmente hermosa. Sus ojos son verdes y plateados mientras sonríe levemente. El cabello es castaño, liso y está totalmente abstraída de este mundo así que no se percata que la estoy mirando. Sin embargo, se voltea hacia mí rápidamente y casi me tuerzo el cuello intentando mirar hacia otra parte. Otra vez la respiración agitada y lo que es peor, comienzo a sudar. Ese es el signo certero que acabo de cometer una estupidez: sudar. Pero la llevaría de mi mano. Encontré la mujer perfecta, que se monta a los buses, que no le importa caminar ni que yo sea un gordito.

En este preciso instante, la pareja que estaba en la silla de al lado se levanta y salen por la puerta de atrás. Es el momento ideal para decirle algo, cogerla distraída. Voy a preguntarle por su nombre primero, como se llamará, ¿María? ¿Valeria? ¿Mariana? Y qué hace. ¿Estudiara? No tiene cara de trabajar, más bien de vender artesanías en San Alejo. A mi me gustan las artesanías, no ando con ellas puestas, pero me parece un buen trabajo. Al menos para empezar ¿Qué música? Imagino que será rockera, no de esas que van vestidas con un látigo de puntillas, sino más bien un rock suave, en español. Tengo que empezar por algo y voy a hacerlo ya. Me volteo con dificultad y la miro directamente al rostro.

Pero ella se agarra de la varilla y ocupa la silla vacía.

domingo, 24 de enero de 2010

Las cenizas de Mercedes

La mamá de Roberth había quedado reducida a un kilo de cenizas. No más. Él vio como el fuego iba consumiendo su cuerpo menudo de anciana. Observó como las llamas la iban desapareciendo y allí no quedaba nada más que polvo.

Roberth había pedido ser testigo expresamente porque le habían dicho que en las cajas de cremación metían dos o tres cuerpos. Él quiso que solo estuviera uno, el de su querida mamá. Y para que no quedaran dudas, le regalaron el video de la cremación.

Después la podías ver, metida en la cajita, en la bolsita azul de terciopelo, encima de la mesita que Roberth adecuó para ella.

Hace un año que su viejita está ahí, en la cajita y sobre una mesa en el centro de su casa. Roberth cuenta que no ha encontrado un lugar para guardarla. Que la iglesia de Pedregal le piden 300 mil pesos para dejarla allí. "De los negocios celestiales, líbranos señor", murmuró una vecina al escuchar la queja de Roberth.

Para llegar a la casa de Roberth Velásquez en el Doce de Octubre, hay que caminar por una calle estrecha, de cemento, varillas y escaleras. Hay que subir un poco y se interna en una casa de cemento en el techo y en el piso. La primera imagen de la casa son dos fotos enmarcadas: una de Roberth con Sergio Fajardo. Otra con Luis Pérez.

Al lado, la foto de María Mercedes Cano, la viejita. Y abajo, la caja de madera. Este es el lugar más importante de esta pequeña residencia. No hay muchos adornos, a lo sumo otra foto de Roberth con Jessica de la Peña, la presentadora de RCN. Nada más.

Para él no hay misterio con tener las cenizas de mamá en la casa. Muchos vecinos, que llegan en visitas ocasionales, le dicen "¿y a usted no lo asustan por la noche, no le da miedo dormir con un muerto?".

-Yo creo que como uno trata a la gente, la gente lo trata a uno. Y nosotros quisimos mucho a la viejita- dijo.

También le hacen propuestas, por ejemplo, una vecina dijo que porque no las echaba al río Medellín y se lo dijo, porque ella lo había hecho. Las cenizas de sus familiares están enterradas en la entrada de su casa, pero el último en la lista le había solicitado que por favor cuando él se muriera, echara las cenizas al río.

"La vecina lo hizo. Nos dijo y todo que por la Minorista había una entradita donde se podía hacer el ritual".

Pero Roberth no le tiene miedo a la muerte. O ya lo perdió en alguna parte, se que me lo va a decir. Mientras me cuenta la historia de los últimos años de María Marcedes, Magnolia, la tía de Roberth, comienza a sacar las reliquias Mercedes: una camándula de cuentas negras y alambres oxidados, un cofrecito verde de madera, donde está un novena a la Virgen al Carmen de 1947 cosida con hilo. "Esas cosas las tenía Mercedes desde antes de casarse. Eso fue hace mucho tiempo", dijo Magnolia.

A su vez, Roberth comienza a esculcar en sus propios recuerdos y saca también una ruana diminuta con la que lo cobijaron en su infancia y un ponchito con el que lo disfrazaron algún halloween.

Un paquete de "reliquias"
El mediodía entra a la casa por una ventana que ilumina la mitad de la sala. Roberth sigue buscando en su bolsa de recuerdos y de "colombianos", donde acumula una colección de las últimas tragedias. Del paquete saca varias reliquias: EL COLOMBIANO del 20 de mayo de 1993 con la tragedia del avión de SAM en Urrao, la del 11 de Septiembre de 2001, la del secuestro de Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri.

-Es que esta no es la primera vez que voy a salir en EL COLOMBIANO-

-¿Perdón?
Entonces, saca un diario de 2000. Efectivamente, está él, hablando por teléfono y a su lado la que fue su esposa. La nota, firmada por Gustavo Gallo, contaba la historia de cómo Roberth por un mensaje que dejó en una emisora de la ciudad para conocer amigos, había conocido al amor de su vida: Leydi Vanessa Salazar.

-Ella escuchó el mensaje que yo había dejado y me llamó. Y así nos conocimos-

Al poco tiempo se casaron a pesar de la oposición familiar. "Lo que pasaba es que ella tenía 16 años y yo 28. a La familia no le gustaba la diferencia de edad". Pero no importó y la boda fue un suceso. Los padrinos fueron los concejales María Mercedes Mateus y Fabio Estrada Chica. Y cuenta la historia, que después del acto civil, se pasearon por las calles de Medellín vestidos de novios para comprar las cositas del matrimonio.

-Pero ella se mató en un accidente de tránsito en el 2007, la cogió un carro en San Diego.- dijo, dando a entender que la muerte era la primera vez que aparecía en su vida.

Dice que le quedó un hijo de nueve años y que pelea por él. Lo dice mientras el mediodía va saliendo de la casa y la luz de la tarde le da otro color al cemento. Tampoco dice más. Para él lo más importante era la viejita, el kilo de cenizas que está sobre la mesa, en el centro de la casa.

-Nosotros la queremos poner en un osario, pero nos están pidiendo mucha plata. Y no tenemos. Yo apenas estoy estudiando en El Sena-.

Roberth guarda todo y lamenta no tener el DVD para mostrar el video de la cremación. En cambio muestra las fotos que le tomó durante los tres días que veló su cuerpo en esta casa. -Pero tampoco tengo ningún problema si ella se queda aquí toda la vida-, sentencia.

jueves, 21 de enero de 2010

Valentina



Imagen Támara Natalia Millán "Mujer".

Una noche, sola, buscando por la ventana algún motivo para ocupar la cabeza, Valentina comprendió que debía hacer algo para olvidarse de él. Ya fuera sacarlo de su vida para siempre o ir por él, confrontarlo, observar mientras se desganaba sobre el cuerpo de otra mujer, darse cuenta si la cadencia de sus manos mientras acariciaba su cuello tenía la misma ternura de sus días, o si los besos eran suaves masajes, lentos, que esperaban el momento perfecto para morder con sutileza un pedazo de labio, lamer el hilo de sangre que brotaba como señal de furia y amor.

Debía verificar si sus manos circulaban por todo su cuerpo, buscando el lugar perfecto, la tecla ideal que encendiera el andamiaje, si era el mismo recorrido perfecto de experto, como quien lleva mucho tiempo explorando la tierra y sabe cuál es el camino. No tenía miedo de encontrarse de frente con esa realidad, era consciente de sus cualidades de mujer adulta, sabía, como lo gritaba con desesperación en cada suspiro, que puta como ella ninguna, que dama como ella nadie sobre este planeta.

Lo primero que decidió es que no volvería a las rondas inútiles por Internet. Sabía que allí no estaba la respuesta. Necesitaba verlo. Así que dos días después de encontrarse vacía frente a la ventana, apresuró todas las cosas en el trabajo y salió hacia la vieja oficina de escritos por encargo, donde él trabajaba hacía dos años.
El edificio era una torre ubicada en la mitad de un barrio exclusivo. Era una trampa de espejos: desde adentro se podía ver todo lo que ocurría afuera, por lo que ella tenía que ser prudente. No ténía la menor de dónde trabajaba, pero él tenía la posibilidad de observar todo lo que ocurría en el exterior. Valentina parqueó el carro a dos cuadras del lugar, caminó y se instaló en una de las bancas de un pequeño parquecito ubicado frente al edificio. Allí espero un poco más de una hora. Cuando no hubo nada más que hacer que esperar, decidió pensar. A pensar si había sido una decisión acertada estar allí, esperando y si eso era lo que ella quería en esos momentos. Qué le iba a decir si por alguna razón desafortunada él la descubría. O que explicación tendría si se encontraba con una conocida o una amiga. “¿Qué haces por aquí?” Preguntaría “Pensando”, respondería ella. Y no tendría nada de raro. En el colegio le encantaba vagar por los patios del edificio, pensando. En qué? En muchas cosas. Una de ellas era Italia. Le gustaba sentirse en Italia, pasear en caballo por la Toscana, dándose un baño en la Fontana di Trevi como Silvia, intentando quitarle la hoja de parra a ese David desproporcionado que tanto la perturbaba en los sueños de adolescente o gritando histérica como Al Pacino en las escalas del Teatro Massimo de Palermo. Y tanto lo soñó, que estuvo allí. Un año completo. Pero no pudo pasearse por la Toscana, porque le tenía pavor a los caballos, ni darse un baño nocturno en la Fontana porque estaba prohibido y le pareció demasiado largo el trayecto hasta Sicilia para conocer unas escaleras famosas. Lo peor fue cuando regresó. El hombre que amaba, que no le permitió un segundo de infidelidad, estaba perdido en otro corazón. Lo percibió en el aliento cuando la recogió en el aeropuerto. “Esta besando a otra”, fue lo primero que se le vino a la cabeza y esa idea no la abandonó en las siguientes dos semanas de suplicio. Fue una tortura para su corazón frágil. Cada día, aquel hombre cariñoso, con el que no se iba a acabar el amor, el que nunca pensaste que te iba amar así estaba en los brazos de otra persona. Lo perdía, días tras día, paulatinamente. Primero fueron las llamadas, después las idas a la casa, por último fue su cuerpo. En el último intento, desesperado, él no fue capaz de nada, ni de desnudarse. Se ubicó en una silla contra el rincón de la alcoba, se tomó el rostro y no dijo nada, mientras Valentina, agitada y desnuda sobre la cama comprobaba su sospecha y se le rompía el corazón. Pero no hizo nada, no lloró, ni se lamentó. Simplemente recurrió a su dignidad. Se incorporó, se vistió y lo tomó de un brazo para salir. Nunca hubo más palabras entre los dos. Ella lo dejó en su casa, vio como él se bajó del carro, caminó dos pasos hasta la entrada y desapareció de su vida por esa puerta. Nunca hubo una llamada, una explicación, después solo existieron las lágrimas de Valentina. Sus búsquedas en Internet eran las excusas que tenía para encontrar una respuesta clara. Era una mujer hermosa, inteligente, de buen estrato ¿Qué demonios pasó? Lo primero fue echarle la culpa a los kilos de más que trajo de Italia. No había otra razón, pero desechó esa teoría cuando pensó bien las cosas: él estaba enredado cuando ella llegó. Pudo ser que los kilos de más fueron la señal definitiva para dejarla, pero ya no había reversa. ¿La distancia? Pudo ser. No quería sentir culpa alguna, ella no tenía nada que ver en este abandono tan miserable.
Miró el reloj por segunda vez. Ya eran más de las seis y en la entrada no pasaba nada. Según recordaba, a las seis la gente debía estar saliendo. No era como en el periódico, que la salida dependía de la cantidad de páginas que estuvieran listas. Recordaba el tiempo del periódico con cariño. Fue su primera experiencia profesional. Estaba en tercer semestre de la universidad cuando una profesora le ofreció una página semanal sobre moda. Ella aceptó encantada. Aunque pagaban muy mal, a ella no le importaba, la plata no le hacía falta, pero esa experiencia le permitía conocer cómo sería su destino profesional. Así que todos los jueves ella llegaba a la redacción, con sus recortes de prensa y fotos que lograba tomar en la calle, debido a que Internet era aún muy incipiente. Organizaba los recortes y los releía para decidir con cuál iniciaría la página. Era un trabajo arduo, de todo un día, en la que construía la edición. Le gustaba informar sobre las nuevas tendencias de la moda, que los zapatos que se imponen, que las faldas en tiritas, que los accesorios de Óscar de la Renta, que los tacones de Jimmy Choo. Ahí fue donde lo conoció. Fue como un huracán que la arrasó por dentro. Fue incapaz de esconderse de su mirada, que la escrutaba sin rubor cada vez que atravesaba la sala de redacción para llegar a un computador a punto de romperse en el fondo del salón. Cada vez que ella separaba su mirada de la pantalla, estaba la mirada de él sobre ella, queriendo poseerla. Así de simple. Él trabajaba en deportes, a cinco computadores de ella y desde que la vio por primera vez atravesar la redacción, un profundo deseo se apoderó de él. No había minuto del día en que no pensara en ella. Mientras que ella no tenía ni idea de lo que pasaba en su interior cada vez que se encontraba con su mirada. No había picardía ni coqueteo, era un conmoción estructural, así que no podía ni sonreír, ni moverse, ni nada. Aunque no había nada atractivo en él, Valentina tenía que hacer un esfuerzo sobrenatural para incorporarse, ir al baño y no desvanecerse en la mitad del trayecto. Él manejaba la cosa con más tranquilidad, poco se levantaba del puesto, a menos que tuviera que salir a hacer una reportería o tomarse un tinto. El único movimiento desesperado era observarla, había algo en su rostro que le atraía, algo dulce y suave que dolía cuando ella sonreía, que le bajaba hasta el estómago y allí se convertía en vacío.
Ninguno de los dos tuvo hizo nada especial para encontrarse. Un día, Valentina caminaba hacia su puesto, cuando lo encontró a él instalado allí. El viejo computador había colapsado y los dueños del periódico aprovecharon para hacer una pequeña reubicación en la sala de redacción. El quedó en el mismo lugar que Valentina, mientras que a ella le tocaba un rincón en el sótano, cerca de la rotativa. Pero ese encuentro fue suficiente. Él le preguntó con toda la naturalidad del mundo por su nombre y lo que hacía en el periódico, ella le respondió como pudo. Quince días después, estaban haciendo el amor en el rincón cerca de la rotativa.
Pero le dio pereza recordar. Mejor dicho, le daba miedo, le producía ataques de ansiedad pensar en esos primeros días. Además empezaban a salir del edificio. Primero fue un grupo de mujeres vestidas de azafatas y después la cosa fue graneada: un señor en saco y corbata hablando por celular, un mensajero que no podía ponerse el casco y después otro grupo de mujeres. Por el parqueadero también comenzó la estampida de carros. Pero de él, ni el rastro. Valentina se levantó y observó con cautela para no ser descubierta, pero nada, nadie se parecía a él. Entonces aceptó que fue una ridiculez, otro impulso mal controlado, otro maldito error, se levantó para marcharse, pero en el preciso instante en que se limpiaba la parte de atrás de la falda, lo vio. Agudizó la visión y lo reconoció de inmediato, aunque estaba un poco más fornido, era la misma silueta larga, el cabello a la mitad del rostro y la camiseta con motivos futbolísticos. De nuevo, como aquella vez en la sala de redacción, se paralizó por completo. Observó de pie y rígida como una piedra como él caminaba hacia la avenida central. Tenía que hacer algo. Acercarse y hablar de lo que había pasado, que le dijera en la cara las razones de su abandono. Pero el orgullo es curioso, la soberbia necesita pruebas, verdades. Necesitaba saber si él estaba con ella, saber cómo lo había raptado mientras se hartaba de chocolates en Italia. Saber si se lo comía mejor que ella. Lo supo entonces y lo decidió en ese preciso momento: lo seguiría. Era cierto no estaba en sus planes, sin embargo, para enfrentarlo debía hacerlo con pruebas. Él nunca hizo nada por poner las cosas en orden y ella no cometería la ridiculez de aparecer de la nada exigiendo esas respuestas sin cosas concretas. No sabía bien porqué, pero debía hacerlo antes de pararlo en la calle y decirle “Hola, ¿Cómo estás? Me podés explicar, que fue lo que pasó, pedazo de hijueputa”. Revisó la cartera. Tenía un billete de 20 mil, otro de 10 mil, y como cinco de dos mil. “Con esto me alcanza hasta el motel más escondido”, pensó y lo siguió. Él caminó algunos metros hasta la avenida central y tomó un bus. Valentina se subió en el primer taxi que pasó y antes de acomodarse le dio la orden al conductor: “Siga ese bus”. Observó la parte superior de las ventanas posteriores del transporte y comprendió que no iba para muy lejos. Suspiró.

El taxista comenzó a mirarla. Siempre le había parecido atractiva a cierta parte de la población: albañiles, taxistas y enterradores. Una vez, mientras estaba en el funeral de la mamá de una vieja amiga, el enterrador comenzó a observarla con ojos inquisidores. La siguió desde la entrada de la sala de velación, hasta la capilla y después al pequeño mausoleo de la familia. Ella estaba incómoda, por supuesto. Aunque siempre le había gustado que la observaran, fuera el que fuera, y le dijeran (Cómo fuera) que estaba hermosa, ese no era el momento ni el lugar para ese tipo de cosas. El enterrador lo debía saber, pero no le quitaba la mirada de encima. Valentina se escondió al lado de su amiga para evadir ese acoso, pero el enterrador la siguió hasta el rincón del sagrario y allí se quedó. Peor fue mientras él sacaba la tierra y disponía de los restos mortales, con cada palada de tierra, la miraba con más lascivia. Lo perdió de vista por unos segundos, mientras el sacerdote rezaba el Te Deum, pero el hombre se le acercó por detrás y de la forma más irrespetuosa, violenta y salvaje que ella hubiera escuchado jamás, le susurró, casi mordiéndole el lóbulo derecho de la oreja, “¿Cómo te llamas, preciosa?”.

-¡Preciosa tú madre! Respetá que estamos en un entierro- gritó indignada y se volteó, pero no había nadie, absolutamente nadie, mientras que todos los presentes la observaban, alertados por los gritos. Ella no sabía qué hacer. Buscó al enterrador por todas partes y finalmente lo encontró al final del campo, como si se hubiera teletransportado. “Perdón”, dijo finalmente y huyó. El taxista era un caso menor. Además no le importaba nada. Pero al hombre comenzó a importarle:”¿ A quién persigues, preciosa?”. Estuvo a punto de repetir la respuesta, pero el bus frenó en secó y el taxi casi se mete por debajo, pero el taxista era experto en coquetear y frenazos de urgencia, así que no pasó nada. Del bus se bajó él. Ella se escondió para evitar que la viera y no le importó perderlo por unos segundos, porque sabía muy bien para donde iba.

-Déjeme aquí-.
-Lo que usted diga preciosa-
-¿Cuánto es?- preguntó Valentina volviendo la cabeza sobre el andén.
-Preciosa, para usted la minina, 3.500 pesos- le dijo el taxista.
-Tome-, le dio dos billetes de dos mil y no espero por los 500 pesos, pero antes de bajarse le devolvió la frase-. Y deje de decir preciosa, no sea igualado.

Siguió el camino que él debió seguir y que ella conocía de memoria. El mismo que recorrían dos o tres veces por semana cuando empezaron a salir. Era el camino a su casa. No sintió nada especial. La ansiedad no le permitía ninguna otra percepción hasta el momento del encuentro. Caminó por un andén y atravesó un parque mal iluminado y lleno de árboles fantasmales, a lo película de Tim Burton, pero no le dio miedo, porque muchas veces cruzó ese parque, sola y a esas horas, para llegar a esa casa. Lo hizo con frecuencia. En esa casa la adoraban; aunque no se lo decían, era evidente que toda la familia pensaba que había llegado la mujer perfecta, bonita, con educación, seria y respetable. Era la muñeca de Margarita, que cada vez que la veía llegar, preparaba café, sacaba el Instacrem y mandaba al hermano menor por pasteles y galletas a la panadería. A Valentina le encantaba esa calidez porque le recordaba a su papá, quien había muerto unos años atrás, y aunque su mamá era especial, sentía predilección por sus hermanos menores.

-Porque son apenas unos niños- le decía ella, encabronada por los reclamos de Valentina por una desatención-. Vos ya sos una adulta, madurá por el amor a Dios.

Por eso le gustaba estar en esa casa. Allí recordaba a su papá con gusto, con las atenciones, con los abrazos, con los regalos de navidad. El primer veinticuatro que pasó con ellos, fue recibida con un plato de cañón, bombas, baile y traído: un collar de gemas, que nunca se puso, pero que siempre llevaba guardado en el bolso. Una casa antes de llegar, se detuvo. Era el lugar más cercano para vigilar sin ser vista y sin generar sospechas. Él llegaba en esos momentos. Abrió la puerta y se internó en la casa de la misma forma indiferente que lo hizo aquella noche.

Abrió el bolso y allí estaba el collar. Lo tomó con tristeza, extrañaba esa casa. Una de las cosas más difíciles de digerir fue la extracción que él hizo de esa casa, la sacó para siempre. Recordó que algún día llamó, reventada de nervios y habló con Margarita. Ella le dijo que le deseaba lo mejor y que si no había sido posible ese amor, pues que ya encontraría un verdadero corazón que acogiera como se merecía. No más. Colgó con la misma indiferencia con la que su hijo atravesó la puerta el día en que todo terminó.
No hacía frío. Solo una brisa leve pasaba por su lado cada cierto tiempo. Poco a poco las luces de la casa se fueron apagando. Miró el celular: 10:47 p.m. y tenía dos llamadas perdidas. Una de su mamá y otra del trabajo. No sabía si responderle a ella, no tenía muy claro qué le iba a decir, pero sabía que si no le decía cualquier cosa, sería peor. Así que le marcó.

-¿Estás bien?-, le preguntó su mamá.
-Sí, bien. Hablamos más tarde.

Al trabajo no llamó. Era viernes y cualquier cosa que necesitaran podía esperar hasta el lunes. Era viernes y debía pasar algo, salir por ahí a tomarse una cerveza o ir al Tíbiri a bailar salsa, pero nada. La casa permanecía quieta. Comenzó a sentirse agotada. Habían sido muchas cosas en un solo día y estaba con el almuerzo. Buscó algo en el bolso y solo tenía un bocadillo del mediodía, nada más. Se lo comió a gusto y continuó esperando. Recordó el carro y que lo había dejado abandonado en un parqueadero sin vigilancia y por unos segundos reaccionó, algo por dentro le dijo que esto era una persecución estéril, una insensatez. Se incorporó y miró hacia la puerta de esa casa con la determinación de marcharse de una vez. Hasta que la atravesó un pensamiento como un relámpago.

-¿Y si lo estaba esperando? ¿Si estaba en la casa, hablando con Margarita?-pensó y de nuevo otro rayo la partió en dos-.¿Y si llega? ¿Qué hago si llega y no estoy?”.

“No me puedo mover de aquí”, dijo finalmente. La noche se enfrió y Valentina no tenía con qué cubrirse. Empezó por subir las piernas en la banca, pero el frío del cemento no le permitió la postura. Después flexionó las rodillas y las piernas quedaron debajo de la falda. Aunque deseaba irse para su casa, tomar una ducha caliente y dejar todo atrás, ya no era capaz, ya no podía. Algo adentro suyo no la dejaba ni pararse. Observó la pantalla del celular: 11:38 p.m. Como no tenía nada que hacer, excepto esperar, comenzó a especular. Para Valentina no había duda que la otra estaba dentro de la casa cuando llegó. Muchas veces, cuando eran novios, ella llegaba primero del trabajo o la universidad y lo esperaba en su cuarto. Muchas veces se quedaron solos, veían alguna película y después hacían el amor como podían. Recordó que bajaban el DVD de la pieza de sus papás y se quedaban viendo comedias románticas que ella adoraba. A él lo tenía sin cuidado la trama de las películas, porque ese plan siempre terminaba en sexo, pero si tenía que hacer un esfuerzo, elegía películas sobre comics o de muertos vivientes, pero ella las odiaba desde el día que llevaron El amanecer de los muertos y comenzó a escuchar ruidos por toda la casa. “¿Seguro que tus papás no están?” “Seguro”, pero según ella alguien abrió la puerta de la cocina, la cama se movió y el perro le estaba ladrando a alguien. Pero no había nadie o al menos, nadie se apareció. Entonces, él decidió que solo de comics, del correcaminos o Bugs Bunny. No sería extraño que en esos momentos pasara lo mismo, aprovecharan la quietud de la casa y retozaran medio desnudos en su cuarto. Esa simple conclusión le produjo un ataque de ansiedad y quiso acercarse a la casa, saber de una buena vez qué estaba pasando. Se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Sentía un hormigueo helado en todas sus extremidades. Alcanzó la ventana, vio el resplandor azul del televisor. Se acercó más, temblando, en desorden, con la respiración irritada y vio de nuevo su silueta: el cabello a la mitad del rostro, rodeado por una aureola que cambiaba de color. “Esta solo”, pero apenas pensó eso, una mano larga y femenina se alzó por encima del sillón donde estaba él y lo abrazó. Todo lo que había especulado, pensando, sospechado y que rezaba al Todopoderoso para que no pasara, era verdad. Se quería matar, Maldita sea la verdad, vida hijueputa, pensó, pero comenzó ahogarse de la impresión. Entonces se volteó, cerró los ojos y a pesar de la angustia, por fin recobró el aliento. Durante varios segundos vomitó el aire que no le había salido antes. Allí, acostada en la acera pensó en el movimiento de la mano, era solo una mano femenina, no era un beso, no era el clásico mete-saca. Tenía que volver a mirar. Se volteó y levantó la cabeza. La sombra permanecía inmóvil, la mano en el hombro, cerca del rostro, nada más. Respiró profundo porque sintió que el corazón se le iba a estallar y la podía delatar. De repente la mano se recogió y una figura femenina se incorporó, tomó algo de la mesa, caminó hacia la ventana y antes de que pudiera reconocerla a ella, se volteó en dirección a la cocina.

Era Margarita.

El esfuerzo había sido descomunal, así que las manos y los pies ya no le respondían y el dolor en las rodillas se hacía insoportable. Además tenía frío, hambre y comenzaba a sentirse sucia. En esa casa no había nada, no tenía la menor explicación para estar allí que el propio afán de calmar su orgullo, que ya había sido pisoteado muchas veces, es más, con este acto de persecución, aún estropeaba más lo que quedaba en pie. Pero no se iba a ir. Ya no había razones para dejarlo así, no había una sola cosa racional sobre el planeta para no llegar al fondo de este asunto. Volvió a la banca corriendo cuando escuchó el silbato del celador acercarse.

El sueño la invadió. Luchaba para no cerrar los ojos, pero alcanzaba a soñar algunas cosas incoherentes. La primera vez fue un viaje en avión hacia el desierto, pero aterrizaba en la calle al lado del edificio de espejos. Allí abrió los ojos asustada por la imagen. Después soñó que estaba en un partido de fútbol y que ella era la entrenadora, pero el avión aterrizaba en medio del campo de fútbol. La tercera vez que abrió los ojos, ya no fue capaz de cerrarlos, porque el hambre era insoportable. Observó hacia todas partes buscando algún lugar abierto, pero el barrio estaba desolado, solo escuchó, a lo lejos, el silbato del celador. Comenzó a llover. Corrió hacia una de las esquinas para no mojarse. Al principio le sirvió, pero después el goteo de los alerones y el agua que salpicaba sobre el andén la alcanzaron. Se sentía más húmeda que mojada, lo que era peor que cualquier cosa. La lluvia fue una precipitación larga, pesada y constante. La esquina donde se refugió estaba tan sola , que solo se escuchaba el rumor del agua sobre los árboles. Y por primera vez, desde que estaba en esta persecución inútil, se sintió abandonada de verdad. Es más, desde que lo dejó en la casa esa noche desafortunada, se sintió desamparada y sin ninguna protección. Por primera vez comprendió que estaba lejos de él, entonces comenzó a extrañarlo, a sentir su ausencia, sus manos fuertes y cálidas, su respiración tibia sobre su piel después de hacer el amor. Sus palabras adecuadas para los momentos de angustia, para momentos como este, en el que definitivamente tocaba el fondo de su propia existencia. Encontró por fin las razones de su ansiedad y de su tristeza: suponía que era feliz al lado de él, sin comprender que para ser feliz no se necesita de nadie y sabía ahora que ese era el error que la tenía encerrada en una esquina debajo de un aguacero que parecía que no iba a terminar jamás.
Cuando escampó, Valentina observó por encima de la montaña un resplandor azul claro. Ya iba a amanecer. Caminó hasta el banco de nuevo, intentó secarse un poco restregando la falda y el topcito que tenía puesto. El hambre continuaba, así que buscó en el bolso alguno de los billetes para comprarse algo, pero el agua se logró filtrar por algún lugar y todo en su interior estaba empapado. Hasta los billetes. Cogió el de veinte y lo sacudió para sacarle el agua para que quedara de alguna forma presentable. Después de incorporó, sabía que a esa hora, él estaba dormido y no iba a levantarse muy temprano. Caminó por el barrio buscando una tienda abierta. Al final de la calle estaba la de Don Francisco, pero evitó ir allí, porque no podría explicar con mucha claridad que hacía por el barrio a esas horas y en ese estado. Esa tienda era el lugar favorito para tomar cerveza cuando no había plan ni plata. Muchas noches de viernes se la habían pasado allí, al calor de una sola cerveza, porque él no fiaba. Pero sí los complacía con la música que quisieran y por eso la reconocería de inmediato, porque Valentina se acercaba con frecuencia a pedirle la misma canción: La mirada del adiós, de Los Rodríguez y Don Francisco siempre se la ponía, con la misma respuesta: “Lo que usted diga preciosa”. Así que esa tienda no era la opción. Siguió caminando por todo el barrio y solo había otro granero abierto, pero después que ella escogió una porción de queso, pan y yogur, le tocó devolverlos porque el tendero le dijo que los billetes eran falsos a pesar del esfuerzo de Valentina por explicarle toda la jornada durante la noche.
Vencida regresó al banco. En el camino se encontró con una caja de pizza sobre una de las bancas del parque. El hambre la estaba cortando en dos, abrió la caja y se encontró con dos pedazos de pizza, uno entero y el otro mordido. En ese momento recordó todo lo que aprendió en la casa, el colegio, de los amigos y sobre todo, de su mamá. Recordó las cenas elegantísimas, cuando su padre estaba vivo y pertenecían a un club social. Recordó cada una de las cosas que se comió en Italia, el plato de penne all’ arrabiatti que se comió frente a la piazza mantegna, en Roma o los bacci perugini con los que se deleitaba en cada esquina. Pensó que nunca tuvo la necesidad de nada, nunca su estómago había sentido este vacío cortante que ya comenzaba a marearla y a tirarla contra el piso. Para evitar desvanecerse, se frotó las manos y observó la caja de nuevo. La luz del amanecer aclaraba el entorno y se podían ver algunos deportistas que trotaban alrededor del parque. Era cuestión de minutos que la gente comenzara a salir de sus casas, entre ellas, Margarita que era una madrugadora rigurosa y podía salir temprano para comprar algo en la tienda de Don Francisco. Entonces no lo pensó mucho, tomó la caja y caminó hasta otro lugar más apartado, pero donde no perdiera la vista de la casa. Mientras se incorporó para caminar, sintió que el mundo se le iba por unos instantes. Era una muestra evidente que necesitaba algo de comida, pero de nuevo se le aparecían todas las cosas que había hecho en su vida y que casi le ordenaban que no cometiera ese crimen. Abrió la caja y lo primero que hizo, para evitarse más problemas con ella misma, fue botar el pedazo que estaba mordido. Entonces quedó el completo, que tenía la apariencia de un pan quemado y aplastado. Por debajo del queso endurecido se alcanzaban a ver varias lonjas de jamón. Era una pizza hawaiana, así que por los lados también colgaban cuadritos de piña. Que diablos estoy haciendo, pensó, En mi casa debe haber un buen desayuno. Entonces cerró la caja y observó el cielo. Era una amanecer precioso, las pocas nubes en el firmamento estaban pintadas de naranja por un sol que tibiamente asomaba la cabeza entre las montañas. El aire, desde que empezó esta persecución, por primera vez era una sensación limpia y aunque hacía frío, sentía que todas sus preocupaciones se habían evaporado por unos momentos. Contempló el amanecer como nunca. Pero de nuevo las aspas del hambre comenzaron a destrozar su estómago. Volvió a la caja y tomó uno de los cuadritos de piña que colgaban de un lado y lo levantó hasta ponerlo frente a su boca. Observó su textura cristalizada por el frío. Cerró los ojos y por fin se lo metió a la boca. La primera sensación fue un golpe helado en la mitad de la lengua, seguido de un sabor dulce que se diluyó rápidamente. Solo quedó el pequeño pedazo de fruta, ya sin sabor, en la mitad de la boca. Se lo tragó y su mente se puso en blanco. No lo dudó, se devoró el trozo de pizza en un par de mordidas. Era tal el estado de éxtasis, que la sensación de los sabores fue reemplazada por una masa que se deshacía con cada movimiento de su boca. De vez en cuando, en cada mordida, el sabor cristalizado de la piña bañaba su lengua, pero no más. Al final del desenfreno, sintió la bola de comida en el fondo de su estómago, vio la caja vacía y se sintió mal, como cuando hizo el amor con Manuel por primera vez. Recordó el nombre y el agujero de miseria en el estómago. Aunque no había razones para la conexión, eso era lo que tenía en la cabeza, Manuel, que nunca la besó ni tocó su piel, era solo el movimiento de su cuerpo, taladrando con potencia hasta que penetró su defensa y ella sintió que algo en su alma se quebraba para siempre. Esa era la sensación exacta ahora que miraba la caja vacía. Ya no sabía quien era o qué hacía allí. Ni siquiera se lo preguntaba. Solo estaba esa idea de él con ella. Solo eso. Sonó el celular. Era su mamá.

-Por Dios Valentina, dónde estás?-

No pensó la respuesta “En una finca, vuelvo por la tarde. Hablamos”. Valentina dejó caer el celular: frente a la casa, a pesar de la lejanía, observó que llegaba una mujer. Era joven, de cabello negro, larga y firme. Era ella. No podía ser otra persona. Estaba vestida con una sudadera azul y una camisa deportiva, recortada por la mitad. Valentina se levantó de la banca e intentó acercarse. En ese momento se abrió la puerta y salió, besó a la mujer y salieron caminando por la acera. Su corazón volvió al ritmo de la noche en la ventana. Se sintió mareada, pero sabía muy bien lo que tenía que hacer, levantarse e ir tras ellos, verlos juntos, ver como la abrazaba, como se reían en esta mañana. Corrió hasta quedar cerca de los dos. Se arreglo como pudo el pelo, por unos segundos pensó en maquillarse, pero desechó la idea de inmediato porque era una perdida de tiempo. Caminó más rápido, con el corazón en la mano, con el dolor de saber mientras se acercaba de que todo era cierto, de que esos días en vela junto al computador en búsqueda de una respuesta, construyendo elucubraciones sensacionalistas no eran otra cosa que la realidad, cruda, horrorosa, terrible. Quiso llorar, pero desechó esa idea porque era una pérdida de tiempo. Ya estaba cerca. Solo tenía que tocar su hombro, que el se detuviera, se volteara, la viera allí y por fin, después de meses en silencio, tuviera la misericordia de una palabra para ella y la valentía de decirlo frente a la otra. Entonces corrió y sí estuvo lo suficiente cerca y le tocó el hombro. Él se detuvo, volteó la cabeza y la miró. La miró a los ojos, directamente, como lo hizo en el periódico, como lo hacía cada día mientras estuvieron juntos, mientras él la hacía feliz. Esa mirada se internó en su corazón y la destrozó de nuevo, mientras él se revisaba los bolsillos, sacaba un par de monedas, se las entregaba.

Y continuaba su camino.