lunes, 6 de junio de 2011

Marilyn, la hermosa niña de colección





Fotos Valeria Perasso

Eunice Murray decidió cobrar el cheque. Un par de días de antes le había llegado por correo un sobre con el cheque por 200 dólares con fecha del 4 de agosto de 1962 y firmado por su antigua patrona. Murray fue hasta el City National Bank de Bervely Hills para cobrarlo, pero allí le dijeron que no se lo podían pagar porque su patrona, Marilyn Monroe, había fallecido un día antes y las cuentas estaban congeladas.

“Por supuesto que ella sabía que Marilyn había muerto. Eunice fue quien la encontró muerta en su cuarto la madrugada del 5 de agostos y fue quien le avisó a la policía”, dice Greg Schreiner, con el cheque en la mano, que guarda como un tesoro en un marco de madera y un fondo verde. Y sí, allí está la firma de ella, llena de firuletes redondos, larga y prolija. Greg, rubio, delgado, sonríe como si la estuviera abrazando, como si en esa firma, en ese pedazo de papel viejo y curtido, estuviera ella, la inolvidable, la magnética, “la bomba sexual de pelo platinado”, como la describiría Truman Capote, Marilyn Monroe.

-Todo en ella era mágico- dice Greg.

Dice mientras comienza a escudriñar en sus objetos, en sus muñecas de Marilyn vestidas con cada uno de los atuendos que utilizó en su larga carrera de estrella, de diva, en sus diseños de arte debidamente enmarcados, en sus fotos donde sonríe, donde coquetea, donde besa a un perro, donde muere. Allí está, la plena y enorme figura de ese rostro mítico, que Greg, el fan número 1, ha contemplado con una pasión que solo puede caminar entre el amor y la obsesión y que lo ha llevado atesorar, desde hace un poco más de 25 años en el cuarto de su casa rosada y modesta de West Hollywood, una cantidad invaluables de cosas que pertenecieron o hacen referencia a Marilyn Monroe.

“Yo me enamoré de Marilyn desde muy pequeño, como a los ocho años”, recuerda. Y desde entonces le comenzó la pasión por acumular cosas sobre la diosa de Hollywood. “Mi pasión son los vestidos. Ella siempre fue muy consciente de la gran estrella que era y no le gustaba salir a calle con cualquier cosa”. Cierto. De un rincón de su casa saca con una ceremonia similar que el descubrimiento de un sarcófago egipcio, una caja que contiene uno de sus tesoros: el vestido que lució hacia el final de la película de 1953 “Los hombres las prefieren rubias”, plateado y con una estrella en la cintura.

“La mayoría de estos vestidos son imposibles de conseguir, pero yo acá tengo nueve, de películas, de eventos, de diario”, explica y revuelve un poco la caja para sacar otro, blanco, con el que se vistió en 1957 para la película “El príncipe y la corista”, junto a Laurence Olivier. “Para esa producción se hicieron cinco copias. Por eso tengo este, porque hay trajes que solo de confeccionan una vez y son los más escasos, como el del Happy Birthday”.

Ese vestido es su santo grial, el que utilizó Marilyn la noche del 29 de mayo de 1962, para la celebración del cumpleaños del Presidente John F. Kennedy en el Madison Square Garden de Nueva York. Con el que le cantó el célebre “Happy Birthday Mr. President”. Era un vestido ajustado –se dice que le quedaba tan apretado que no llevaba ropa interior- diseñado por Jean Lois y que contenía unos 2.500 brillantes. “No, es casi imposible tenerlo, lo subastaron la semana pasada por más de 2 millones de dólares, con mi sueldo de profesor de piano no me alcanza. Lo único que tengo es la foto original que le tomaron en el backstage del Garden esa noche”.

Empaca de nuevo los vestidos con una paciencia ceremonial y volvemos al desorden del cuarto. Su colección, que puede llegar a los 1.500 objetos entre muñecas, botellas de vino con el rostro de la rubia, documentos, vajillas, fotos, está sostenida en otra colección. Al fondo del salón, como si fuera un mueble más, un armario de madera guarda todos los documentos de la colección de Greg y a la vez, es uno de los testigos mudos de la misteriosa muerte de Marilyn, ocurrida en la madrugada del 5 de agosto de 1962.

“Ese es el mueble que estaba en su cuarto y es el mismo que aparece en aquella foto famosa cuando se descubrió que Marilyn había muerto en su casa de Brentwood. Tiempo después, el dueño de la casa que era Lee Strasberg –el reconocido profesor de actuación- decidió regalar todo y fue entonces cuando me llamaron para ofrecerme que si quería algo”. Greg, que con los años aprendió a mesurar su pasión, no lo dudo un instante. Fue hasta la casa y sacó como pudo el armario, una nevera y un sillón amarillo que Marilyn compró cuando fue a México.

“Le encantaba México. De hecho el armario también es de allá. Muchas veces dijo que le encantaría vivir en ese país. Tenía una relación muy especial y varias veces fue hasta allá para comprar muebles o pinturas o cosas por el estilo”, dice mientras acomoda los cojines en el mueble amarillo, viejo, donde seguramente alguna vez Marilyn Monroe se sentó, donde puso sus bellas posaderas de mujer increíble y conversó con Di Maggio, con Strasberg o simplemente se dejó llevar por el sopor de una tarde de verano y le hizo el amor a Arthur Miller o sin querer queriendo, a algún político desprevenido que decidiera hacerle la visita.

-Qué era lo que tenía Marilyn para que se le recuerde así-
-Ella era una combinación de sensualidad y ternura, que nadie más ha tenido. Era la mujer más sexy del mundo que a su vez parecía la más ingenua. Era una magia muy especial que la hacía aparecer en todas partes. No sé cómo describirlo- responde Greg.

En alguna parte de Música para Camaleones de Truman Capote, la señora Miss Collier se atreve hacerlo, describe a Marilyn: “Es como un colibrí. Solo la cámara puede congelar su poesía”.

Al volver al cuarto, sin quererlo, casi nos llevamos por encima a un perro que rengueaba en busca de su amo. No puedo evitar darme cuenta que es uno muy parecido a uno que abraza ella en una de sus fotos y no me queda otra que preguntarle sobre el origen del perro que a duras penas camina por su casa, no vaya a ser que estemos en presencia de un descendiente directo del mismo que está en la foto “A Marilyn le encantaban los perros. Era algo que le hacía sumamente feliz y bueno, para mi es otra forma de estar cerca a ella, pero no, aunque son de la misma raza –teckel- no son parientes”.

Entonces volvemos a la sala, porque ya va siendo hora de sus clases, pero en vez de ser una zona libre, donde pueda dar sus lecciones de piano lejos de la “otra” habitante de su casa, es un lugar que sigue habitado por la Monroe: libros de todos los títulos posibles, fotos, pinturas. Y según datos que le dieron recientemente varios subastadores que se babean por su colección, solo por un vestido, le pueden pagar 30 mil dólares.

- No pienso vender nada. Esta es mi jubilación. Recordar a Marilyn Monroe y estar con ella y sus recuerdos- concluye y mientras le doy la mano a Greg por la amabilidad de abrirme su casa, comienza a sonar Mrs Robinson en la casa de al lado.

martes, 22 de marzo de 2011

Mi Buenos Aires querido... cuando yo te vuelva a ver...


Por las calles de Buenos Aires hay letras de tango que puedes leer mientras bailas. Real. Pero parece un sueño. Las ciudades se hicieron para angustiarse, para subsistir, para hallar la forma de escapar, pero no Buenos Aires. Esta ciudad, la porteña, los ojos plateados que inspiraron a tantos, es una canción. Lo se bien, ahora que por unos instantes que no se cuánto durarán, debo dejarla.
Siempre tuve el sueño de pisar sus calles. Había mucho en los cables que llegaban del mundo exterior que me hacía añorar esta ciudad clásica y apasionada. Soy porteño de corazón, lo pensé muchas veces en las calles plomizas de Medellín. Me llegaban las imágenes de los clásicos del River Boca, las canciones de Calamaro y Los Fabulosos y solo podía añorar estar ahí. Ahora me voy, por ahora, eso sí. Ahora, como Gardel, le digo adiós a los muchachos. Por destino, tomo las maletas, empaco la camisa y la chompa, los botines y las remeras, y parto. Hacia el norte, donde las calles me parecerán otra cosa. Muchas cosas, menos a música. Me parecerá que no me voy a quedar, que no será amor a primera vista, que no habrá un río de tangos cubriéndome la espalda, sino un mar, lejano, arisco. Extrañaré resguardarme de las nostalgias en las aguas pacíficas del río de la Plata.
Buenos Aires son amigos. Son buenos vinos, descorchados sin misterios, conversaciones bajo el cielo abierto y limpio de Buenos Aires, de San Isidro, de Villa Urquiza, de Colegiales. Los panes de la previa, el chori de entrada, las risas de las mujeres felices, la honestidad de los hombres aplomados, las copas que danzan, el viento de primavera que se parece a verano, los abrazos repartidos en bienvenidas, la alegría del reencuentro. Esas cosas no turísticas que hacen más valiosas a esta ciudad, porque creo que es mucho más la fila para el bondi 8 en avenida que la fila para entrar al Tortoni. Recorrí tantas casas que no eran mías, pero que sin temor a equivocarme, terminaron por ser pequeñas sucursales temporales de mi hogar. Para conocer Buenos Aires, hay que vivir en ella. Hay que sufrir su metro congestionado, sus calles a punto de colapsar por los piqueteros, su desinteresada y fría tal vez forma de ayudarte, pero todo eso está perfectamente recompensando en la mañana, en la tarde, en una conversación en las veredas, en un partido de fútbol y remate de parrilla, en un atardecer espléndido mientras termina la faena del día. Buenos Aires no es turismo, es una ciudad, bella, caotica, pero sencilla, sin los complejos de otras urbes, sin los odios de otras metrópolis. Caminar por Laprida, por Santa Fe o Pueyrredón con un café en la mano es igual de emocionante que ver las cataratas del Iguazú, por decir algo. La verdadera magia de esta ciudad es su rutina, su contidiana forma de llevarse hacia adelante.
Y Buenos Aires es amor. Es iniciar una vida junto a alguien. Es que los rincones que uno guarda para siempre, las canciones que se entonaran en los aniversarios, los cuentos que les contaré a mis hijos pertenecen y provienen de esta ciudad. De esos edificios viejos, de sus habitantes que están medio inconformes, medio alegones, pero que en el fondo saben que en ningún lugar del mundo podrían estar mejor. Esa es la ciudad de mi refundación, como decía un viejo maestro, de mi rebautizo. He vuelto a nacer, si se quiere, inicio un nuevo camino. El impulso me lo han dado estos siete meses inolvidables en Buenos Aires. Así que queda pendiente el retorno, la parábola de la hablaba Nietzche que me hará volver, como la canción, como la melodía que flota por toda la ciudad, como la música que te hace enamorar para siempre de estas calles que besa la plata.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Adiós al Esférico





El fútbol es una cosa tan generosa, que te regala amigos. Uno de ellos, que lo forje en las brasas de muchos partidos, memorables y desabridos, intensos y deschavetados, graciosos y efímeros, me contó que no volvía más, que se retiraba del Esférico FC. Lo dijo sabiendo lo que decía: se estaba retirando del equipo de nuestros amores, porque dejamos a nuestras mujeres, al que llevaríamos a ver a nuestros hijos, al que siempre le pagamos la boleta de entrada. El único equipo del planeta porque el valía la pena perderse un partido del mejor equipo del planeta.
Era eso, un dream team de esos que la vida le regala a cada uno de los que amamos el fútbol : un equipo de amigos. Nos conocimos todos en el mismo lugar. Éramos una promesa de hombres vestidos de estudiantes de comunicación social que una mañana de enero de 1998 nos encontramos en la cafetería de la Universidad Pontifica Bolivariana y sin necesidad de conversar una palabra, de juntarnos en una fiesta de integración, nos delatamos solos: llevamos camisetas de fútbol. Y solo hablamos de eso. Ah, de música también, pero ese es otro tema.
Y jugamos. Recuerdo la primera formación: En el arco, Jaime “El Mecánico” Barrientos, jugador profesional que hasta ese momento ostentaba el récord de ser el jugador más joven en debutar en el fútbol profesional colombiano. Todo un lujo. En la defensa estaban Alejandro “El Stand Up” Mejía, hombre de una voluntad defensiva que pocas veces se vio en la ya extinta cancha de arenilla de Bolivariana. De lateral teníamos a Mauricio “El pacificador” Villegas, hombre de pragmatismo asustador en el área equivocada, la nuestra, pero con una gentileza de caballero que le perdonaba su calma al marcar. El otro central era yo, Alejandro “No salgas jugando Por Dios” Millán.
En el medio estaban Santiago “El último de los petunios” Mejía, su hermano Felipe “Nunca me dan la visa”, quien llevaba, sin saber hasta ahora porqué la camiseta número once y la delantera estaba conformada por Sebastián “Soy chiquito, pero soy agrandado” Lopera. Y ahí se fueron sumando compañeros, que con los partidos se fueron convirtiendo en los pocos amigos que uno veía regularmente: Juan David “El prímiparo eterno” Correa, quien reemplazó a la leyenda. José “El Secreto de la Montaña” o “soy tronco, pero hago chalacas”, Camilo “El Tacle” Dimaté, Juan David “El Mara” Giraldo, El Cabe, El Ñol y el ñolcito, los amigos de José que él presentaba como los mejores jugadores del mundo, pero en realidad eran las mejores personas del mundo, Sergio “El misil sin dirección”, Andrés “nunca pongo problema” Carvajal. Como olvidar la participación de Daniel “El efímero” Botero, que las únicas veces que jugó en el equipo, una salió expulsado a los dos minutos por una patada alevosa a un contrario y la segunda, fuimos nosotros mismos los que tomamos la decisión al ver que jugar fútbol no era lo más saludable para los nervios de Daniel.
Con los años también hicieron parte de este equipo Felipe Medina, Felipe “El filosofo” Mejía, Juan Ignacio “El afro” García, que la única que intentó jugar se negó hacerlo porque la cancha estaba muy embarrada y se podían poner “bruscos” los jugadores. Julian “El Voleibol” Medina, Esteban “La adolescencia me dio durísimo, pero sobreviví” Mejía, que vinieron a ofrecer su talento y a ellos se unieron Juan “La rotonda” Pemberty y otros que no me acuerdo.
Jugamos en todas las canchas: en esa que era un desastre detrás de la facultad de derecho, en las calles de Zamora, en Alcázares, en la de arenilla de la universidad, en la de arenilla de Comfenalco, en la de San José, en las del templo. Y allí nos tocó presenciar cualquier cantidad de situaciones como aquella vez que nos tocó quitarle de encima a un árbitro a Sebastián Lopera, aunque todavía no sabemos si su reacción airada de boxeador se debió al catástrofe de arbitraje que nos costó la eliminación de un campeonato o al color de su piel. O la vez que Camilo Dimaté confundió las cosas y a un jugador del equipo contrario que se escapaba por su punta directo al arco no lo detuvo con un deslizamiento al mejor estilo de Mario Yepes, sino con un tacle al pecho digno del mejor partido de rugby. O la vez que un rival se dejó llevar por los ánimos del partido y le quería partir la jeta a Santiago el Mellizo, lo que obligó la intervención, también en caliente, de su hermano Felipe, quien al entrar a la cancha como si fuera un gallo de pelea, se le olvidó antes de que le partieran la jeta a él también, que dos días antes lo habían operado del tabique y que todavía llevaba el yeso de la intervención.
Como olvidar eso. Como olvidar el partido contra los Mores, que se perdía por tres goles y se remontó hasta conseguir un título que nunca volvió a las vitrinas. Como olvidar las chalacas imposibles de José Gil, o de la pinta de Juan David Correa en su debut en el campo de juego cuando decidió ser jugador de cancha y quitarse la sudadera que todavía conserva de sus tiernos años de colegio: Boxers y medias tobilleras, fondeadas por una piel blanca que poco o nada habían visto el sol. Como olvidar el subtítulo en el Templo. Como olvidar los penales errados por Lopera en los momentos decisivos, pero sobre todo, como olvidar los golazos de Sebastián Lopera en cualquier partido. Mis salidas sin talento desde el fondo de la cancha que terminaban siempre con un grito que se convirtió en un himno : Millaaaaaaaaaan!!!! Como olvidar las camisetas del Ley y después del Superley que nos sirvieron de uniforme. Como olvidar aquella vez que nos juntamos en la cafetería del TAC y entregamos la primera planilla del Cuca en enero del 99.
Pero no me quiero acordar más. Porque ahora pienso que tantas personas que vinieron, pasaron, se divirtieron un rato, hicieron parte del Esférico por una sencilla razón: nos caían bien. En el momento en que eso se perdió, que lo más importante fuera ganar, como si fuéramos un equipo profesional - que nunca pretendimos ser- dejó de existir el Esférico. Así me dieron la noticia, a kilómetros de aquí, el hombre que era el alma y corazón de ese equipo, el que se mataba haciendo listas, buscando fotos hasta de nuestra primera comunión, que muchas veces puso de sus propias monedas para pagar la inscripción, que sacrificaba cosas propias para organizar lo que para muchos es lo más aburrido del fútbol: convocar. Y él lo hacía, casi que por una vocación, un vínculo que uno hace con el fútbol, un acto de nobleza que se pierde en las brumas de la victoria: el fútbol no se hizo para ganar, se hizo para divertirse. Revisen la historia. Y él fue quien me dijo que ya no más. Que se iba a dedicar a jugar partidos de recocha.

Y entonces supe que ese era el final.

Alguna vez, en otro equipo, me enfrente con un grupo de señores que supieron darnos una clase de fútbol a unos posadolescentes primíparos . Yo los ví, con sus barrigas felices, con sus ojos de abuelos satisfechos, sus cabezas nevadas y peladas, y siempre pensé que así sería mi vejez, jugando fútbol, así no se me moviera un tornillo. Con mis amigos de la universidad, cada uno con sus propios juegos de titos, algunos con sus esposas habituales, otros con los privilegios que otorga la experiencia y delirios de juventud embolatada, pero cada uno con ganas de jugar. Pensé, fue un sueño que duró diez años y al que hoy, con esta pequeña carta le digo adiós. Muchas gracias, fue tan bueno mientras duró…

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cristina



"Rostros de Hombres" Natalia Millán
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Frente a frente las cosas son distintas Cristina, te acuerdas muchacha de aquellos días de junio, cuando los charcos eran abundantes y te podías lanzar sin miedo a encontrar el fondo del río. La sombra de los árboles era un lugar común. Y jugamos a escarbar entre los cañaduzales la fuente de azúcar que los endulzaba, nos gustaba el olor de la panela caliente en el trapiche, amábamos el olor tostado del maíz en la mañana. Cristina que diferente son las cosas cuando no sos un niño. El campo era el universo que no tenía fin y estaba en constante expansión, encontrando cangrejos en el riachuelo, huyendo de los perros bravos de Anita y durmiendo solo con el sonido de las estrellas. Muchacha, los fusiles nos quitaron la libertad. El miedo que nos entregaron en municiones lo esparcimos en la tierra como semillas. Cristina, mujer, el lamento de tus hijos no se escuchó nunca, porque los desaparecieron. Te cuento una historia, ahora que camino en paz entre los senderos de tierra gris, te cuento al oído mi historia, escúchala en silencio, con una taza de aguapanela que no puedo compartir porque tengo sed y no me puedo saciar. Fuimos nosotros muchacha los que pusimos en el campo los metales que la incendiaron, fuimos nosotros los que estallamos los caminos con pánico, muchacha no te engañes mientras inicias tu búsqueda. Cristina somos números ahora, somos coordenadas enterradas en la tierra lejana del campo, que también era de ríos transparentes que ahora están secos, de cañaduzales amargos por la sangre, de cangrejos despedazados, el odio se nos anticipó a la razón y este campo enorme se encogió por la muerte. No te engañes muchacha, no digas que no es así, no niegues la aventura que se vivió en las parcelas para habitar con horror, nosotros fuimos héroes de una ilusión fatal. Y quise muchacha volver a correr tranquilo bajo el sol y los árboles y quise Cristina levantarme con tu aroma de pan recién horneado, pero siempre es muy tarde cuando escoges el camino de piedras que es la guerra. Una noche, lo juro, cerré los ojos y corrí para buscar tus manos de leche tibia y neblina y refugiarme de lo inevitable, pero solo logre que me sepultara una palada de barro mojado. Cristina me busca desde el corredor de la casa mientras me muevo entre la hierba, buscando mi cabeza para quedar tranquila y no me halla, pues ahora la tienes, ahora puedes besar mi calavera, ya la has reconocido, ya puedes regresar a casa, cerrar puertas, velar mi recuerdo antes que te alcance el rencor y dormir en paz, Cristina preciosa, madre querida.

jueves, 28 de octubre de 2010

Kirchner y su América



Es imposible apartarse de esta realidad, aunque no sea tu país. Es imposible abstraerse, retirarse y evitar lo que afuera hierve. Acaba de morir un hombre que hacía movilizar el país, polémico, pasional y con bastantes cosas pendientes en la vida. Ahora, solo, tal vez, un recuerdo, un concepto, una leyenda, y es imposible retirarse aunque este no sea mi país.
La Plaza de Mayo, ese lugar emblemático de Buenos Aires, donde miles de madres rodaron para pedir que alguien les diera información sobre sus hijos desaparecidos, se colmó para decir adiós. Parecía el entierro de Ladi Dy, miles de rosas quemadas por el sol de primavera, mensajes en cartulina, collage de fotogramas pasados de un Kirchner altivo y sonriente junto a su beligerante mujer. Y como solo pasa con el fútbol, los argentinos fueron a ofrendarle lo que es una de las cosas más sagradas para ellos: la bandera. Había miles, de todos los tamaños, con mensajes que le daban, sobre todo, apoyo y fuerza a Cristina: le daban su pedazo de patria para que ella pudiera seguir liderando la suya.
Pero quien era este hombre, el primer Caballero de la historia de la democracia argentina, que el día de su muerte, como si fuera una urgencia continental, reunió a los presidentes de todo el continente y fue más allá: obligó el abrazo entre ellos. Ahora, lo pienso yo, Kirchner era el hombre que podía unir a Latinoamérica. El sueño de la integración que idealizó Bolívar, que tergiversó Chávez, era posible con Kirchner. Su capacidad de gestión política, no me queda duda, era capaz de juntar bajo el mismo sentido las visiones de los variopintos estilos de gobiernos que ocupan los sillones presidenciales.
Eso que se mostró cuando logró que dos enemigos acérrimos y que solo tenían en común que hablan español como Juan Manuel Santos y Hugo Chávez se dieron ese abrazo en la preciosa Santa Marta y se confirmó con esta prisa de todos los mandatarios en declarar días de duelo, atravesar el continente y venir a darle un abrazo de pésame a Cristina, cuando bien podían quedarse en sus palacios y seguir el transcurso de sus vidas, porque sencillamente, Kirchner era el primer caballero de la nación y nada más.
Evidentemente, era mucho más. Aunque en el interior, esa salvaje forma de de hacer política había logrado dividir el país en fragmentos de disidencia que poco o nada le ayudan a esta gran nación, afuera, esa apasionada forma de enfrentar los retos, era traducible en la más admirable de las audacias. Y eso, aunque no se note mucho por ahora, era lo que necesitaba esta región: alguien que fuera capaz de ser amigo de Chávez y de Santos, sin que ninguno de los dos se enoje y todos sigan tan tranquilos. Que sea capaz de convocar a una reunión en la capital más alejada del continente y sin reparos, todos los presidentes se monten en sus aviones y lleguen lo más pronto posible. Y él sabía del potencial de esta región. Ya lo había escuchado de un economista hace algunos meses “Cuando América Latina se integre, será la tercera economía del planeta”.
Ahora, aunque la gran incógnita corona al ámbito político de Argentina, la región debería preguntarse quien va a ser el hombre que reemplace a este animal político en la Secretaría General de Unasur. Por ahí están rondando nombres que no alcanzan para llegar a su gran perfil, en especial con esa capacidad de hacer amigos hasta en el desierto: Ricardo Lagos, Alejandro Toledo, Lula –que debería quedarse con el puesto desde ya-, Álvaro Uribe –que debería olvidarse del tema desde ya- y Michelle Bachellet. Alguno de ellos, por un servicio con el futuro de los latinoamericanos de hacernos el favor y mantener los hilos de unión e integración que este lánguido, pero encendido personaje argentino había logrado, antes que un infarto inesperado se lo llevara antes de tiempo.

lunes, 18 de octubre de 2010

Florencio, su destreza y las cámaras



Artículo en el diario Reforma de la ciudad de México

Florencio Avalos no sabía que su destreza lo pondría de frente a su peor miedo: las cámaras. Uno de los más experimentados de los 33 mineros de la mina San José en Chile, fue el escogido para ser el primero en salir, después de 69 días de encierro, cuando todo el mundo, con los ojos de las cámaras de televisión, lo estaría observando.
Fue claro, cuando llegaron las primeras imágenes de abajo y no había una sola de él: no quería salir en televisión y por eso había decidido ser la cámara de ese instante histórico. Se debía a su timidez, confesaría después su esposa, Mónica Ayare. Pero tal vez, lo diría la misma mujer, cuando salga tal vez eso no le importe.
Y no le importe nada a los que vienen después como Mario Sepúlveda, o Yonni Barrios que tuvo que lidiar con el amor de dos mujeres en la superficie o a Franklin Lobos que todos lo conocían por sus goles de tiros libres cuando jugaba en Cobresal. Solo les importara salir, abrazar a sus familias y regresar a la vida que tenían antes de ese funesto 5 de agosto cuando a las dos de la tarde, un accidente, les cambió la vida para siempre.
Este martes, a diferencia de todos los martes que se han vivido durante estos 68 días tuvo un sabor distinto. Las familias de los mineros ya no esperaban encomiendas por la paloma, cartas agónicas de espera, aguardaron a cambio a sus mineros, a su padre, a su madre, a su hermano. Se vinieron con las mejores pintas, se pusieron los mejores vestidos. “Es como si fuéramos a un matrimonio”, dijo Guadalupe, la madre de Carlos Bugueño.
No es para menos. Era una fiesta. Una fiesta con algunas incertidumbres. El Ministro Laurence Golborne, el funcionarios que recibió aquel mensaje en letras rojas “Estamos bien en el refugio, los 33” salió a la mitad del día, habló con los periodistas y les dijo que no se sabía la hora de salida. Que todo estaba listo y sentenció “Al finalizar el día, tendremos a un minero en la superficie”.
No dijo cuál. No lo podía decir en ese momento. En estas familias que lo han esperado todo, desde la desesperante situación de saberlo desaparecido por 17 días, encontrarlos y esperar a que un martillo perforara la roca hasta llegar a ellos, conocer el orden de salida por una rueda de prensa, podría ser el caos. Había que decirlo con delicadeza, suavidad, con tacto y para eso vino Piñera.
Entonces se encontraron con el Presidente Sebastián Piñera. Les dio el último aliento, el orden de salida, empezando con Florencio Avalos y terminando con el jefe de turno –como lo dicta la tradición minera- Luis Urzúa. “Esta noche, ojalá podamos tener una explosión de alegría en todo el país. Han sido 69 días de un largo camino”, afirmó
Para evitar que se los tragara la ansiedad, apelaron a seguir la rutina. Hicieron la fila en el casino, un lugar que demostró con cifras el crecimiento demográfico de este campamento en el último mes: pasó de servir 30 almuerzos bien caseros a realizar la multiplicación de los panes y los pescados sirviendo 2.300 almuerzos a familiares, funcionarios y periodistas. Pasó de platos de lenteja con longaniza bien prolijos a la pastas de tomate de ayer, pero eso sí, no se dejó nada en el plato.
Hacia las tres de la tarde, los familiares comenzaron a recibir las últimas palomas, que fueron los mensajes que se utilizaron para comunicarse con los mineros a través de un tubo. Eran cosas que los mineros devolvían, como el equipaje de este viaje hacia la superficie. Mandaron camisetas, pantalones, linternas, recuerdos de una proeza bajo la tierra que tendremos que escuchar algún día.
También decidieron quienes iban a recibir a los mineros. Solo permitieron tres por cabeza, así que las disputas no se hicieron esperar. Muchos acudieron a los sorteos para no pecar de injustos y otros lo simplemente se eligieron a dedo, como muchas veces funciona la democracia.
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El rescate
El helicóptero tardó 12 minutos para llevar a Florencio hasta el Hospital de Copiapó, donde permanecerá junto a sus 33 amigos de aventura. Allí, los ubicarán en los pisos 2 y 3. Estarán en cuartos de dos camas cada uno en el piso segundo y en el tercero, una fila de camas alrededor de un servicio de enfermería, en los que serán sometidos a los más rigurosos análisis, con el fin de determinar qué daño les hizo tanto tiempo, como ningún ser humano de la era moderna, estar debajo de la tierra.
Ese proceso durará unas 48 horas, o como ha sido todo hasta este momento, tal vez menos. Es posible que los que estén en perfectas condiciones puedan estar el viernes en sus casas, celebrando.
Porque eso ni se pregunta. Las fiestas serán bíblicas, es la celebración de la vida, de que pueden volver a abrazar a sus hijos, a sus mujeres, que podrán ver la luz del sol que se extiende sobre este desierto y se sabe porque los pueblos originarios lo tenían como su rey.
Por ejemplo, al menos dos mineros ya prometieron una fiesta sin reservas. Claudio Acuña confesó que se gastará parte de los 10 mil dólares que les regaló el millonario Leonardo Farkas a cada uno, en su fiesta de matrimonio con la que ha sido su compañera, Fabiola Araya, quien siempre había soñado con su traje de novia. “Yo solo quiero que salga. Cuando esté afuera hablamos”, fue la respuesta de la fiel mujer.
Entonces el jubilo aguantado durante 16 minutos explotó: las campanas de las iglesias, los globos del bicentenario, los aplausos de los vecinos, los rezos de los pastores, las oraciones del mundo entero, todo se unió en ese momento en que el mundo se paralizó a las doce y ocho minutos de la madrugada para ver como Florencio Avalos abría la rejilla y nos me permitía creer de nuevo en la vida.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Tres horas de nuevo en Colombia


La patria es un pedazo de papel, ya lo decía Serrat. A mi me queda clarísima la metáfora después de estar dos horas frente al mapa de Colombia del consulado en Buenos Aires. Afuera, esa noción tan intangible que es la patria se convierte en eso, en un pedazo de papel pintado de colores pastel.
Antecedentes judiciales. Esa era la diligencia que me ponía de nuevo, por algunas horas, en suelo colombiano. Hace tres meses que vivo en Argentina, en Buenos Aires. Me pidieron ese papel, porque no bastan los juramentos ante el Santísimo, Biblia en mano, que uno no ha cometido ningún delito, que uno es un ciudadano decente, que la prueba fehaciente es que estoy acá,que me dejaron salir y además poniendo la cara -usted cree (estuve a punto de decirlo mientras me explicaban por teléfono lo que me tocaba hacer) que uno fuera un criminal, daría la cara, ah?, pero ya han sido tantos los pillos que también han dado la cara en el extranjero, que los dejaron salir o se volaron, que a los países del mundo no les quedó otra que pedir los antecedentes judiciales, al menos, para lavarse las manos ante el planeta de que si dejaron entrar a un colombiano paria y le dieron la residencia, fue por culpa del tropical, desordenado y corrupto sistema de control Nacional y no de ellos.
Yo, que le debo a mucha gente, pero nada a la justicia, me embarqué en estas aventuras. Y lo hice animado con la convicción que por estas latitudes del planeta, esa burocracia gris, confusa, casi melancólica y pesada de mi amada Colombia no me alcanzaría. Que la desmesura de nuestras capacidades para el asombro no tenía cabida en esta ciudad gris de invierno que apenas despierta para la primavera. Que equivocado estaba. La primera muestra fue solo al llegar ¿Cómo se identifica la entrada del consulado colombiano en una serie de puertas que se parecen entre sí como si fueran hechas por la misma persona? Porque en la entrada hay una señora vendiendo arepas. Una señora que no sé de qué país vino, porque me habló en un español que parecía portugués con mezcla de otra cosa. Pero ahí estaba, con las mismas maletas con la que los santuarianos cargan sus mercancías, estaba ella con sus arepas de queso y maíz.
Adentro, Colombia entero: una oficina igual a un juzgado como los de Paloquemao o los juzgados del tribunal superior de Antioquia en 1973. El mapa de Colombia, gracias a Dios no estaba ni la foto de Uribe, ni la de Santos ni mucho menos la del embajador García. Las tarifas de rigor, la nueva publicidad de turismo con el mensaje que no surte un buen efecto con los estamos afueras del país: “El único riesgo es que te quieras quedar” ¿Quedar dónde, en este consulado? Ni por el putas. Si fuera por eso, me quedo en mi casa.
Mi turno. Por fin para un diligencia colombiana se respeta mi turno. Me atiende una señora y se inicia el típico comportamiento de la empleada pública: preguntarle a la más vieja qué es lo que tiene que hacer “Y aquí que pone” Pregunta la una “Donde dice el nombre, el nombre”, responde la otra . Y asi, diez minutos, donde me embadurnan de tinta los dedos, como si ya no tuvieran mi impresión dactilar hasta en el carné de Comfama. Pero ahí estaba yo y mis garras, con una señora pasándome el rodillo por las manos, como si estuviera haciendo pan de 200. No pude evitar pensar que somos tan colombianos, que hasta la burocracia la tenemos que importar, porque esta señora me hablo en ese delicioso acento de esa cálida zona del país que llaman Bogotá.
Pero hasta ahí, díganos, todo bien. Gracias al horario o a la cultura, en el banco no hay que hacer fila, ni a la entrada, a excepción de la mujer y sus arepas, no hay una fila de intermediarios que como mosquitos se lanzan sobre la humanidad de aquel desdichado que se le ocurre preguntar dónde se paga el apostillado de envío. Lo entretenido pasa al regreso, cuando se devuelve el recibo de consignación, y el consulado esta repleto. Hay de todo, la parejita en orden que viene a registrar a su hijo, sin importarle ponerle esa marca para toda la vida, los estudiantes que pululan, el sanandresano que requiere un permiso especial para poder cantar, uno que otro extranjero que viene a pedir la visa de trabajo y no puede con la densidad de “realismo mágico”, como dice uno a modo de chiste malísimo.
Aquí, solo falta la música. A las señoras del consulado –porque el único varón es el señor cónsul- se les comienza a salir de las manos la cantidad de gente, porque una señora que viene a renovar la cédula –Yo apenas veo la fecha de nacimiento, pienso que ya para qué señora, al fin al cabo eso se le va a vencer pronto- no tiene la menor idea de las cosas que le preguntan en el formulario como su nombre, su lugar de nacimiento y otros datos fundamentales, mientras el otro le pide “comedidamente” que lo atienda que lleva media hora esperando a que alguien le reciba los papeles para renovar el pasaporte, a lo que una dulce caribeña le responde que eso lo tiene que hacer por internet, seguido de un disgusto que solo logran solucionar, de nuevo, la decana de las funcionarias que le recibe los papeles y le explica con una dulzura maternal que que pena con usted joven, pero las cosas son así.
A todas estas llega una señora, con una cara de indignación diciendo “Yo saqué el turno por internet y veo que no sirve para nada”, Yo no se si esta señora no se da cuenta que el turno no era para la embajada británica, sino para el consulado colombiano. Sin embargo, las logran ordenar este despelote: despachan a los que vienen por la cédula, ponen a esperar a los que vienen por los antecedentes y atienden a los que van llegando con su turno de papel en la mano, en un asombroso orden matemático. Y cuando todo está normal fluyendo, eso sí a la velocidad de la burocracia colombiana, aparece un ella, de cabellos dorados, piernas como agujas, falda de florecitas, pero con voz de pescador reclamando la intermediación del consulado en un caso de estafa perpetrado por un ciudadano de nuestro país (cuándo no). Él o ella, no lo sé bien, reclama indignada que un ciudadano de este país, la/lo dejó sin documentos con la promesa de conseguirle trabajo en Colombia. Tristemente, a nadie se le hace raro, a nadie le llama la atención semejante irrupción tan pintoresca.
Pero ya me entregan el sobre, con la dirección perfectamente mecanografiada del DAS en Bogotá y cuando pensé que estaba alejado de esas “recomendaciones” para tomarse la foto, sacar la fotocopia y otros menesteres, la señora con un gesto maternal irrefutable me entrega un papel que me recomienda para el envío. “Usted lo puede enviar por donde quiera, pero este fijo le llega”. Yo no me arriesgo, salgo de la calle y cruzo las dos cuadras donde Fernando me ayudará a enviar los papeles, mientras confirmo que el suelo de las embajadas y consulados, es como si uno estuviera pisando la misma tierra y me da una alegría, a pesar del desorden, el caos, los escándalos, haber vuelto a Colombia, aunque fuera por tres horas.