domingo, 31 de marzo de 2013

La Eterna Parranda en Kindle


Cien años de Soledad nunca más se volvió a escribir. Es extraño, pero después de haberse pasado la vida entera buscando esa historia, después del día que la terminó, Gabo nunca más volvió a entender ni con Macondo, ni con la distanía Buendía. Ahi quedó enterrada esa narración maravillosa de la costa caribe colombiana. Y estuvo bien, creo yo. Gabo ejerció su derecho soberano de destruir lo que él mismo había creado. Pero mucho de sus lectores quedaron con ganas de más. De algo más. De un pedacito. 

Yo me atrevo a decir que Alberto Salcedo Ramos, el cronista, hace algo que parecía increíble: nos hizo regresar a ese lenguaje mágico de Cien Años de Soledad en este libro la Eterna Parranda ¿Cómo lo consiguió? Por lo que he leído de Salcedo Ramos y ha dicho en muchas entrevistas, lo hizo de la misma manera que el maestro de Aracataca: con mucho trabajo. Enfermándose por las palabras como un loco persigue sus alucinaciones. Sus crónicas -Casi 24- tienen además el ingrediente de la realidad. Mientras Gabo se pasó 18 meses contruyendo ese monumento del español que es Cien Años, Salcedo Ramos se pasó 14 años juntando pedazos de realidad, que reunidas son el homenaje más grande que Colombia le ha hecho al periodismo desde hace muchos años. 

El libro se consigue en Amazon.com. También en la librería del país

Kindle, entre sus desventajas, no permite con facilidad caminar entre las páginas del libro. Se pensó para historias compactas, unitarias. No para un libro como este, que son literalmente, varios libros en unos. Sin embargo me atrevo a quedarme en  dos historias que son las que hacen este libro importante. El primero: El testamento del viejo Mile. Soy gran admirador de Álvaro Sierra, tal vez el mejor cronista antes del reinado de Salcedo Ramos. Sierra, un hombre que vivió muchos años en Rusia y que narró como ese país se fue al carajo cuando la careta del comunismo fue descubierta, volvió a Colombia y escrbió una crónica sobre el infierno de un secuestrado, que taladra los riñones. Pues bien, mi punto es que el Testamento del Viejo Mile es esa perfección periodística de Sierra con un sutil toque de magia, que convierte al Testamento en un texto casi literario. Ramos nos conduce por los caminos de la historia del legendario juglar vallenato Emiliano Zuleta como si estuvieramos caminando sobre la seda y nosotros no sentimos todo el pellejo que puso el periodista para conseguir semejante fascinación. No es una historia que engancha, es una historia que conquista, enamora. Y por momentos, como el cura que levita cuando toma chocolate, uno también se va elevando a los cielos. Pasa poco, pero pasa. Y eso basta para leer ese gran texto una y otra vez.

También en e-book: El testamento del
viejo Mile. En ecicero.es
El otro texto es el Un país de mutilados. En una entrevista que le escuché a Salcedo Ramos, dice que esta es como una segunda parte de su trabajo. Antes de su crónica Aguilas de Media Noche (puedo estar equivocado, pero es tal vez por cronología, su primer trabajo sobre la guerra) el periodista se había enfocado en historias de la realidad nacional y en especial, del caribe colombiano, donde podía explotar con mayor  facilidad su pericia para el lenguaje mágico: boxeo y deportes en general, vallenato, alguna que otra simpática historia de Cartagena. Y lo había hecho a la perfección. Sin embargo y creo que él mismo lo sabía, debía apostar por algo más. En otra entrevista, Salcedo explica su admiración por Gay Talese y lo define como un periodista que se atrevió a llevar el periodismo a una escala más arriba del hecho. Apostó por la visión personal del periodista sin ensuciar el texto. Pues bien, en Un País de Mutilados, Salcedo Ramos, como en ninguno de sus otros textos logra esa apuesta. La narracción no es solo sobre la historias de hombres y mujeres que han sido víctimas de las minas antipersonales en Antioquia, sino que él nos involucra con ese dolor. Salcedo Ramos nos hace cerrar los ojos y pensar cómo nos sentiríamos si nos explotara una bomba en las piernas y nos hiciera añicos todas las extremidades. Esa capacidad, que solo se lograr después de pasarse horas enteras peleando a las patadas con los fantasmas de las palabras en soledad, es la que lo convierte en el cronista más respetado de este país. Mientras en el texto del Viejo Mile, Salcedo nos delata el encanto real que inspiró a Macondo, en este País de Mutilados, nos hace sentir la tragedia que este país lleva viviendo durante décadas. Y ese será su legado. 


Por supuesto, la Eterna Parranda tiene muchas más historias que pagan el valor del libro. La del Chato Velásquez, el único árbitro que se atrevió a echar a Pelé, pero sobre todo, el único árbitro que se ha dado en la jeta sin pudor en las canchas colombianas. La misma Eterna Parranda, aunque no es mi favorito, marco un hito en la historia reciente del periodismo escrito: 54 páginas en una revista de alta circulación. La niña más odiosa del mundo, tal vez el texto más consentido de Salcedo Ramos. Y muchos más. Es un libro para bajar, leer en el metro, en el transmilenio, en un avión si no le teme a las turbulencias. O simplemente en la sala de la casa, mientras se toma un buen vaso de ron.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Una breve entrada sobre el Kindle y el ruido


He aterrizado en la onda Kindle. No le hice ninguna resistencia, simplemente el día de mi segundo aniversario, mi mujer me entregó un paquete enorme, liviano, pero enorme. Lo fui rasgando hasta que quedó la inconfundible caja negra. Durante años había coleccionado libros que me parecían que valía la pena conservar, más allá de su valor literario, su valor histórico. O sea, que así como pasa con algunas canciones, los libros que todavía sobreviven a las hecatombes de las mudanzas son porque de alguna manera marcaron una parte de mi vida. Recuerdo que hasta último momento un ejemplar, pirata, de La Perla de Steinbeck estuvo conmigo. Era un viejo libro, que me robé de la biblioteca del colegio que dirigía mi abuela. Eran los tiempos en que no tenía nada. Absolutamente nada. Vivía de arrimado en un cuarto trasero que mi tía Nancy generosamente nos había abierto a su hermano mayor y su parentela en esos tiempos de crisis. Recuerdo que lo devoré en dos días, tragando como pude esa conclusión infame. Y aunque tenía la posibilidad de devolverlo sin riesgos de ser descubierto, decidí conservarlo. Y así estuvo conmigo durante varios años, testigo que los malos momentos son pasajeros o si son permanentes, como una tragedia inevitable, es mejor tenerlos de amigos, como ese libro, y no de enemigo en el corazón con punzadas invisibles.

 Ahora como hago para meter ese libro, fundamental en un momento de mi vida en que me salvó de convertirme en un animal, en esta hilera de portadas que se enfilan como en una lista de mercado electrónico.

 En el Kindle los libros se transforman en archivos. En portaditas grises, difusas. Las páginas en bytes. Eso sí, los diseñadores de este aparatejo, ajenos al peso romántico e histórico del libro, tuvieron la delicadeza de esconder el peso en MB de los textos, pero no pudieron ceder a la tentación de la medición y lo que uno antes veía como un arrume de páginas, ahora es un porcentaje. En este mismo instante llevo el 74 por ciento de la Luz Difícil, de Tomás González. Eso significa que falta el 36 por ciento para que se acabe lo que para mí es una narración fascinante que no deseo que se termine nunca. También acabaron de tajo con el separador o con el doblado de la esquina de las páginas –recursos para los desvolados como yo que hemos convertido en casi en un arte el perder objetos como llaves, celulares, separadores y plumas-. Esto es así, click en la portada y ahí está, la página en la que uno iba. Click, avanza.

 Pues bien, creo que esta bien mirar el futuro. O el presente. Y he decidido que la mejor manera de afrontar esta nueva forma de lectura es buscar la manera de compartir lo que para mí está resultando en una aventura feliz, con los peros aquí arriba expuestos. Hace poco escuché una interesante entrevista con un tipo que me parece que en medio de su hurañez (acabo de buscar esta palabra en el DRAE para que no pierdan tiempo: no existe, pero no me importa, así se queda) dice muchas verdades sobre algo fundamental en la existencia humana: la lectura. El tipo se llama Camilo Jimenez. Un par de veces ha estado en las noticias, sobre todo por un texto donde le daba durísimo a unos estudiantes de edición de textos que sabían muy poco sobre lo que era la raíz de su oficio: los textos. En la entrevista, un poco condescendiente, el tipo decía dos cosas que me parecen fundamentales: En los colegios se enseña a leer, pero no el valor de la lectura, que a su vez, se le debe enseñar a los padres. Yo no soy un sabio, pero si me considero un lector voráz. Mi papá, cuando se emborracha y se pone melancólico como un viejo osito de peluche, pregona con orgullo que yo aprendí a leer solo, con un libro de Disney. Y que desde entonces, no paré. Mi papá, un jugador de fútbol frustrado que terminó convertido en un excelente maestro, siempre cultivo ese amor por la lectura como pudo, sobre todo, por la escasez de recursos que cómo matemático –y como futbolista- tenia. Sin embargo, cada vez que podía, llegaba a la casa con un libro. Fue así como en mi casa siempre hubo algo que leer, desde los maravillosos y estremecedores cuentos de los Hermanos Grimm con unas ilustraciones preciosas hasta las hermosas cartas que les escribió JRR Tolkien a sus hijos durante diez navidades. En el colegio, sin embargo, los profesores solo se acordaban de enseñar.

 Solo dos veces recibí algún consejo en las aulas sobre lo que debía leer. Una fue a los diez años, Jaime Daniel, mi director de curso en tercer grado, de quien recuerdo tenía una caligrafía de Hobbit, me regaló Juan Salvador Gaviota. Después iba a descubrir que Richard Bach estaba más cerca de Paulo Cohelo que de Faulkner, pero me hizo comprender que en los libros había más que cuentos de princesas que eran salvados por príncipes. El segundo ya fue cuando estaba a punto de graduarme de bachillerato, un viejo profesor de literatura inglesa que habían llevado al colegio para ayudarnos con nuestro inglés. Pues resulta que este hombre, amante de Tolkien, pero sobre todo de Joyce, me regaló dos joyas fundamentales para mi vida de lector adulta: Eveline y cuando le pregunté qué me podría servir para mi actual fracasada aspiración de escritor, me recomendó ”Ilona llega con la lluvia”, una novela desastrosa que pero de una belleza en el lenguaje que todavía me estoy saboreando.

 Lo segundo que dice Jiménez es que en Colombia no se hace crítica literaria, que es de hecho mucho más que escribir que si un libro es bueno o no. Y lo dice desde un punto de vista que me parece muy válido: no hay industria editorial como para sostener esa crítica. Yo estoy de acuerdo. Creo que se necesita que exista, como él lo intenta hacer en su blog “El ojo en la paja”, lugares donde se recomienden lecturas o donde simplemente se diga, este libro me gustó o no y por qué. Pues bien, mi deseo con este tortuoso escrito es hacerlo, porque así, de alguna manera cumplo con mi viejo deseo de librero. Y con este regalo de aniversario, creo que lo puedo enrutar por los caminos de los libros electrónicos. O los textos para kindle.

 Cómo prefieran llamarlo.


Pues bien, para hacerles corto este viaje, mi primera recomendación es “El ruido de las cosas al caer” de Juan Gabriel Vásquez. Colombiano, el libro es ganador del premio Alfaguara –que no significa mucho, digo yo que me la pasó buscando premios que jamás voy a ganar-. Yo de Vásquez había leído un cuento bastante interesante que fue publicado en la antología “El futuro no es nuestro”. Me llamó la atención porque el tipo es bogotano, criado en las letras en París y que llevaba viviendo mucho tiempo en Barcelona, pero el cuento es sobre Medellín. De hecho el primer párrafo es sobre un lugar al borde del río Medellín, que describe con la precisión de quien lleva viviendo muchos años allí. Muchos. Me quedé de una pieza, así que cuando supe de esta novela, con el rimbombante sello del premio, decidí que podía ser una excelente oportunidad para acercarme a un escritor colombiano que no fuera García Márquez, Mutis o Caballero.

En tres días no me pude despegar del aparato este.


 “El ruido de las cosas al caer” no es una novela importante. No le llega a los talones a las catedrales que construyó Gabo con Cien años o Espinosa con la Tejedora de Corona. Ni siquiera a la trilogía de Ospina. Sin embargo, el libro tiene dos elementos que me llevan a decirle, “Hágale, póngale esos 20 de mil que cuesta la versión electrónica, no se va arrepentir”. El primero es que Vásquez logra contar otra historia sobre el narcotráfico en Colombia, pero como si fuera la primera vez. La magia de este libro, que está decididamente en su narración pegajosa, nos cuenta con sutileza, pero sin caer en esa narcomiseria o en el lenguaje sicaresco que tanto daño nos ha hecho, la tragedia que por cuenta del narcotráfico ha vivido este país por décadas. Esa capacidad hace del “Ruido de las cosas al caer” un libro que hay que leer, mirar, revisar, estudiar en su ejecución para buscar otra forma de narrar nuestros años más oscuros.

 El segundo aspecto: Vásquez, que definitivamente sabe lo que hace, no se queda en la construcción de sus personajes, que le bastarían para contar una buena historia, sino que nos ubica en varios contextos históricos: nos describe la patria por años, como si fuera un álbum fotográfico que uno va revisando en la sala de la casa, mientras además nos muestra como van cayendo por un abismo los dos personajes principales. Este es un libro que nos impacta porque nos enfrenta con la realidad de un país que para nada es ese paraíso donde las mariposas amarillas florecen en las calles, sino uno que se fue deformando por sus propias debilidades. Somos un país de débiles. De miedosos. Pero sobretodo, de ambiciosos.

 El único pero: El final. La novela va a un ritmo desenfrenado y de repente uno termina estrellándose con el muro del final. No se si se le acabó el papel o la rigurosidad de las normas del premio no le permitieron más páginas, pero Laverde nos queda debiendo una explicación, pero sobretodo Yammure nos queda debiendo su historia. O al menos, su conclusión sobre todo eso que pasa en el 100 por ciento del texto. Sin embargo, a pesar del final, “El ruido de las cosas al caer”, es una buena novela, de una sentada.

 Bueno… lo que viene es sobre periodismo. Ojalá escriban y recomienden cosas para leer, que para eso se inventó el Kindle. Perdón, para eso se inventaron los libros.

martes, 3 de abril de 2012

Bienvenida Paulina....


La expectativa era mucha. Desde hace días se venía cocinando el gran acontecimiento. Las mujeres andaban histéricas, en especial desde que fue revelado el sexo de la bebé: mujer. La naturaleza, que durante décadas se ha empeñado en hacer de las Valencia un matriarcado incontestable, le daba una nueva razón de celebración. Su juntaron, murmuraron en facebook una reunión tan alegre como un carnaval. Todas, en especial ellas que todo lo celebran, le estaban haciendo una previa de honor. Si otra Valencia habría de llegar al mundo, ellas, herederas de un espíritu indomable, serían las encargadas de dar, al menos, con los primeros suspiros en el nuevo mundo, en este mundo, su energía que ha sostenido durante décadas no solo a ellas mismas, sino a todos los demás que a su lado hemos caminado y hemos sobrevivido gracias a su contacto.

Pues bien Paulina, has llegado. Es posible que hayas escuchado revolotear esta colmena de abejas incansables que son las Valencia. Acostumbrate, ese será el sonido de muchas veladas, te estarán cuidando en las noches hasta que te duermas, le darán su brazo a tu querida madre cuando esté cansada. Te podría hablar de todas, pero gastaríamos tiempo innecesario, así que puedo resumir todo ese exceso de cariño en dos personas: tu mamá y tu abuela. No es necesario que haga hincapié en las cosas evidentes como que te adoran con el alma, y si fuera necesario más, entonces pondrán los riñones sin chistar. Eres alguien que han esperado por años. No ahora, o hace unos meses cuando decidió tu mamá que vinieras. Eres la guía que durante años las llevó por un camino de duros tropezones, pero que al final siempre tuvo el mismo objetivo: la familia. No están llenos de monedas, que nunca te faltarán,querida, pero ten la confianza que te acompañarán hasta su último aliento. Y te digo, yo que he sentido lo mismo, que ese es el tesoro de la vida. No habrá dinero que pague esa pasión. Por ahora, solo percibes en los minutos –pocos según me han contado- que estás despierta, que te cargan, que te llevan, que te cantan (aunque cuando tengas los años suficientes deberías solicitar que paren de hacerlo) Pero después, sentirás, muchos años después, que a pesar de los años y de muchas derrotas, su voz permanece firme y con el amor intacto. Por ahí verás a tu abuela querida, Gisela, más feliz que nunca con este milagro que se ha puesto tu nombre. Pues así verás igual a tu mamá dentro de algunos años. Y te garantizo, querida Paulina, prima querida, que no hay valor más grande en el sinuoso camino de la vida que ese afecto eterno.

Yo por mi parte me sumo a la celebración. En la distancia te observo en fotos y no puedo parar de darte las gracias por que le (nos) has devuelto algunas sonrisas que se nos habían perdido en los últimos años. Eres hermosa, no podía ser menos (gracias a Dios, hasta ahora no te pareces a tu papá). Yo y mi esposa te damos la bienvenida a esta familia, al menos a la mía que también tiene orgullosamente el Valencia en el aviso de la entrada. Ahí te dejo a tu tío Andrés, el ser humano más noble y grande que ha parido la tierra para que te enseñe, entre muchas cosas, el valor de la amistad. Y a tu tía Susana, la dulzura de la casa, deberás aprender que a pesar de todas las circunstancias, buenas o malas, la sonrisa es lo último que se deja de regalar. Estas en excelentes manos querida niña, has llegado a una familia de personas increíbles, festejamos, celebramos, sonreímos. Gracias por devolvernos la fiesta, gracias por devolvernos la ilusión.

Gracias por llegar.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Muchas Gracias, Alonso


Ahora lo vi acostado al lado de un matorral de flores rojas en el Jardín Botánico. Antes lo había visto atravesar una cortina de agua en el Parque Bicentenario y muchas otras veces lo tirarse en piscina de pelotas con los niños en las escuelas populares del deporte que coordina el Inder. Es Alonso Salazar, el Alcalde de Medellín que en dos semanas se va para dejarle el cargo a Aníbal Gaviria, un tipo desabrochado, valiente y honesto que gobernó a una turbulenta ciudad sin perder la cabeza.

La foto la vi en un perfil en el que el periodista Gustavo Gómez se quedó corto en El Espectador. Una semana antes la revista Semana lo entrevistó y el Tiempo también sacó un informe bastante completo sobre su labor como Alcalde. Ni Char, el popular barranquillero tuvo tanta prensa al final de su mandato, ni Clara López que intentó salvar del desastre a Bogotá estuvieron en la mira de los principales medios nacionales, fue Salazar, un periodista convertido en político por necesidad que ahora comienza a recibir las cortas mieles de la victoria en una gestión que estuvo empañada por los criminales habituales y la envidia corrompida de los que se están convirtiendo en los perdedores de siempre. Y es que Alonso, desde que le pusieron la banda de alcalde, le tocó remar contra la corriente en especial con algo que venía con él mismo: no era Fajardo, su antecesor y ex jefe, que tenía a medio país deslumbrado con su carisma y con el cambio estético que le había dado a Medellín: todos hablaban de las maravillas de los Parques Biblioteca, de Explora, de los colegios, y él, con su pinta de actor francés, convencía a todos de que estábamos viviendo en el paraíso “Pasamos del miedo a la esperanza”, se leía hasta en las silletas.

Y Alonso recibió esa idea de Medellín sabiendo que eso no era tan cierto, que debajo del tapete de la estética rutilante se estaba cocinando una explosión social que en cualquier momento le estallaría en la cara. Sin embargo, con la certeza de estar haciendo las cosas bien y cómo eran, se trazó las metas de su gobierno y no claudicó un instante, por eso Medellín puede decir que es más justa, el gobierno de Alonso dedicó gran parte de su patrimonio monetario y político en trabajar en los sectores populares como se debe, no con limosnas populistas, sino con apoyo a los procesos de transformación. Medellín Solidaria debe ser un plan que no puede ser descontinuado. Construyó las viviendas que ni Fajardo, Gómez, Pérez, Flores y Ramos construyeron en sus mandatos y puso tres nuevos Parques Bibliotecas a funcionar, entregó un puente renovado, un megapuente a punto de entregarse, continúo el ideal de Compromiso Ciudadano de Medellín la Más Educada con una aplicación audaz, Jardines de Buen Comienzo que deben ser ejemplo en el país.

Pero entonces, cuando tenía todo esto para empezar ejecutar lo planeado, 2.000 asesinatos por el control del microtráfico lo pusieron contra las ruedas y este es para mí, el gran legado de Alonso Salazar para la historia de la ciudad: no se dejo amedrentar. Que lo tengan claro los habitantes de Medellín, el problema de la criminalidad en las comunas no lo arregla el alcalde en menos de seis meses, pero el gesto de Alonso de enfrentarse cara a cara con el Cebollero, con Valenciano, con Sebastián, denunciar y no amangualarse con los capos y lameperros fue un ejemplo de valentía que debería ser copiado por los políticos y funcionarios de turno que se venden por una cuatrimoto. Cada cinco meses Uribe venía y hacía un Consejo de Seguridad, y los crímenes se iban al cielo y Salazar, solo, después de que se desvanecía la polvareda que dejaba el presidente, porque la policía no podía hacerle caso en nada, tenía que ir a poner el pellejo y la cara en las comunas y decirle a los habitantes cagados del miedo que ahí estaba él, el Alcalde, que efectivamente, no estaban solos. Yo lo vi conversando con mucha gente, dando tranquilidad, abrazando señoras conmocionadas porque no podían ir al centro sin que lloviera bala del cielo, lo que no hizo ni Uribe, ni Pérez, y me perdona, ni Fajardo. Si algo no me queda duda es que Gaviria ganó las elecciones por esa valentía de Alonso, porque fue y le puso la cara a todos por allá, diciendo que tal vez no hay policía ni ejército que los defienda, pero Alcaldía sí.

Y cometió errores, muchos. Es casi imperdonable que en su mandato Metroplús no avanzara ni un centímetro y que se esté repitiendo la misma historia del metro. A pesar que Metroplús era un empeño de Uribe, Salazar tenía el deber regional de sacarlo adelante, pero no tuvo la misma osadía que para resolver los problemas de seguridad, además que si lo lograba iba a lograr lo que no ha pasado en ninguna ciudad del país: un verdadero sistema integrado de transporte.

Otro error, es que a pesar de no contar con el carisma de Fajardo, su dialogo debía ser con todos los estamentos de la ciudad. A un alcalde que se estaba batiendo en los pantanos belicosos de las comunas era más fácil que los dueños de la ciudad le hicieran más caso con el tema de la responsabilidad social. Medellín, para ser justa, necesita un dialogo real entre todos sus estamentos y tal vez como nunca Alonso era el tipo adecuado para que los ricos no se gastaran sus recursos en folletos y libros educativos y lo invirtieran en programas de emprendimiento social que tanto se necesitan en Medellín.

Pero seguramente su legado servirá para su absolución. Yo personalmente me declaro Alfonsista, que cree que los cambios sociales se hacen en la calle, con la convicción de la educación, la salud y la vivienda digna como ejes del cambio, con la valentía de efrentar con honestidad a los violentos y que por encima de todo, a la gente nunca se la deja sola, y mucho más cuando los criminales han declarado una condena de muerte a la ciudad que tanto se quiere. Ahora se irá por la puerta grande, ojalá le den gracias, porque durante sus cuatro años no dejó caer la ciudad y la construyó con mucha dignidad.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Hawai no es el paraíso


Se viene hablando hace rato de esta película. Hace algunos meses, cuando la publicidad de las revistas le dedicaba cuartillas enteras a “Los Idus de Marzo”, la mayoría de los críticos y periodistas llevaban su atención sobre el inminente estreno de The Descendant. La mayoría de los críticos acertaban en decir que la verdadera actuación brillante de George Clooney no era el empeño político de Idus (La cual produce y dirige), sino en esta especie de comedia que no es tan comedia, pero tampoco drama, en fin, algo que todavía no me termina de cuadrar y ya hace cuatro días que la vi.

Pero hay un dato que se necesita poner en contexto antes de entrar en detalles: su director, Alexander Payne. Hace siete años este hombre originario de Nebraska sorprendió (Aunque ya había ganado el Oscar con About Schmidt) con la exquisita película de 2004, Sideways (Entrecopas) que narraba la relación de dos amigos durante un recorrido por el Napa Valley. Sin embargo, a pesar que su nombre se reveló como uno de los más prometedores de la industria, Payne decidió dedicarse a otros proyectos que lo alejaron de las candilejas de Hollywood. Ahora regresó con esta película, en la que se arriesga, entre otras cosas, a poner al glamouroso Clooney como otro mortal más.

Y lo logra. La historia es simple: Matt King (Clooney) es un abogado norteamericano que vive en Hawai y aquí la primera bofetada de esta película que no se detiene a la hora de los golpes bajos: La Hawai que se muestra es un lugar gris, taciturno, sucio y que nada corresponde al paraíso de las agencias de viajes. Es un lugar donde dan ganas de salir corriendo y ahogarse en ese mar transparente y turquesa. Y no solo eso, Payne, casi como una burla cruel, nos pone en el último lugar donde nos gustaría estar en Hawai, en un hospital, al lado de una mujer que ha caído en coma debido a un grave accidente en Snowboard y quien es la mujer de King. Mientras esto pasa, Clooney además debe procesar toda la información necesaria para vender el último terreno virgen de Hawai que pertenece a su familia y que lo hará inmensamente rico.

Y es aquí donde Payne nos regala la única caricia de la película, una aparición tan bella y sexy como la salida del mar de Ursula Andrews o las faldas al aire de Marilyn Monroe, pero que basta para que el sabor raro de lo que viene sea digirible: Shailene Woodley, quien interpreta a Alexandra, la hija mayor de King y que le revela a su padre el gran secreto y lo que define la película: que su madre, la cual esta desahuciada por los médicos, le puso los cuernos con un vendedor de finca raíz, que a su vez tiene interés en el negocio de las tierras de King. Y es aquí donde empieza una extraña película donde Clooney corre como un pingüino y donde todas sus fanáticas pueden desmayarse de la impresión de ver a su galán en semejante situación de descompostura; donde la hija rebelde no es tan rebelde, donde la madre no es tan madre, donde la venganza no se consuma, pero que mientras todo intenta que pase sin que realmente pase, Payne quiere mostrarnos en verdad que somos un proceso interno de complejas sensaciones. Ya lo había hecho Sam Mendes con American Beauty, no somos lo que aparentamos, somos lo que vivimos a cada momento y en eso parece radicar esta gran versión sobre la muerte, la vida y la traición: no somos una película de Hollywood donde pasan cosas extraordinarias, sino personas que cada día deben luchar por sacarse ellos mismos adelante con todas las miserias posibles y con todos sus valores exprimidos al máximo.

Por supuesto los críticos tienen razón: Clooney firma la mejor actuación de su carrera, por dos razones en mi concepto. Una porque carga tranquilamente el peso de la película en su definición, Clooney no es Clooney, no es el seductor y dandy, es un tipo que se pone camisas feas, que entra al baño, que la mujer lo engaña, que corre sin elegancia, pero que también lucha, que no se vende por un puñado de dólares, que mantiene intactos sus valores a pesar que en menos de una semana –más o menos el tiempo de la narración- su familia se va al piso y dos, porque rompe con el estereotipo de los actores dramáticos o enfermos como al autista de Hoffman o el enfermo mental de Hopkins o el desquiciado boxeador de De Niro que tanto gustan a la Academia.. Si algo le faltaba a Clooney era quitarse ese aura de galán que lo había enrollado, que no se quitó en Idus –es un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos- y que aquí, se comporta como un tipo común y corriente.

Es una película para recomendar? Sí, pero hay que aclarar que es rara. Que nunca durante las casi dos hora de duración, nos vamos a sentir cómodos en el paraíso. Que a pesar de la belleza de Alexandra y la gran interpretación de Clooney, la película va por la mitad del camino entre Bambi y Precious, donde nada es tierno, pero tampoco es ese apocalipsis social que pintaba la historia de Lee Daniels. Es una película para los Oscars? Le falta el tono épico que le gusta a los miembros de la Academia,pero también ese tono descarnado que ha hecho figurar a Pulp Fiction o Fargo pero Clooney no se bajará de una nominación y lo más seguro es que Woodley reciba una nominación a mejor actriz de reparto, sería un acto de justicia a su resoplido de frescura que trajo en esta rara pero muy digna The Descendants

domingo, 20 de noviembre de 2011

Tintín, una vieja historieta renovada por computadores


Tintín junto a Astérix y Obelix fueron una especie de felicidad para muchos jóvenes y niños durante décadas. Los dos, de claro origen de los pueblos francos (Tintin es Belga, Asterix es Francés) fueron las aventuras para muchos de nosotros. Antes de esta proliferación de películas y programas de televisión, estas dos historietas eran los mundos imaginarios que recorrimos tanto en el humorístico imperio Romano de Uderzo y Goscinny (Creadores de Astérix) como el intrigante mundo de mediados de siglo XX de Hergé (el creador de Tintín).

Sin embargo en los esfuerzos de llevarlos al cine y a la televisión, las cosas nos han salido tan bie para los dos. Asterix contra los romanos de 1999 ha sido la más exitosa en taquilla pero destrozada en la crítica. Y Tintín, ni hablar. Se han realizado por lo menos cinco adaptaciones al cine con títulos tan inverosímiles como “Tintín y las Naranjas Azules”. Tanto era que el mismo Hergé decía que odiaba todas las versiones y que cuando comenzaron a comparar a principio de los años 80 a Tintín con el arqueólogo Indiana Jones, afirmó que el único que podía hacerle justicia a las aventuras del intrépido reportero era precisamente Steven Spielberg. El director de Tiburón y ET se tomó en serio el cumplido y 29 años después de comprar los derechos, decidió lanzar la primera película animada por computador de este famoso personaje y viene lanzando desde hace un mes por varios países del mundo “Las Aventuras de Tintin, el secreto del unicornio”. Y la verdad es que le quedó bien.

La película que no se amarra completamente al argumento del libro que le da el título a la película, sino que junta tres libros: el Secreto del Unicornio, el Cangrejo de las Pinzas de Oro y el Tesoro del Rackhman el Rojo. De hecho hace bastantes versiones libres sobre algunas cosas que en los libros son bastante claras como la representación alcoholizada por parte del capitán Haddock sobre la batalla entre su ancestro el almirante Haddoq y el mismísimo Rackham el Rojo. Pero cabe aclarar que es necesaria para poder contar la historia completa y este es uno de los detalles más interesantes de la producción de la película, los personajes aunque no guardan mucha similitud con los retratados en las historietas, lograron captar el alma de cada uno de los personajes y este es el primer mérito de Peter Jackson y Spielberg, hicieron algo nuevo sin robarle la esencia a Tintín.

Hablar de cine como interpretación dramática, historia y ese tipo de cosas es bastante difícil. A pesar que hay una actuación dirigida (Las impresiones del computador fueron tomadas de los actores Jamie Bell -Billy Elliot- y Andy Serkis el mismo que hizo de Gollum en el Señor de los Anillos), son muñecos de computador. La historia no es otra más que lo hecho por Hergé (y peca por ser un poco larga. Al final la aventura se vuelve extenuante para el espectador). Pero la animación es perfecta, en especial porque guarda todos los detalles y en esto hay que darle un mérito a Peter Jackson y su empresa WigNut, que se encargó de todo ese ensamble digital. Las texturas, las tomas, los paisajes, las armas, los carros, los edificios, Paris, la arena del Sahara, todo es como debe ser. Y este es el ánimo para pagar el tiquete, la primera película animada de Spielberg, junto a un gigante de la industria como Jackson. Crear a partir de un personaje que ya se inventó hace años sería una tarea irresponsable, así que hasta ahí puede llegar una crítica. Vale la pena verla, disfrutar, porque efectivamente Spielberg es el único que podía hacerle un homenaje justo a Tintín y se lo hace bien hecho.

Sin embargo, no es el Viaje de Chichiro, Wall-E o las Trillizas de Belleville, no es una obra de arte del cine hecho por ordenador. Es una buena historia de aventuras, con un personaje emblemático. Por ahora parte como favorita como mejor película animada para los Óscars.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Seguimos Creyendo!




No somos un país de victorias. En nuestro almanaque de momentos memorables hay pocos trofeos que mostrar. Somos un pueblo de méritos por nuestro corazón, por creer más allá de las posibilidades, por hacer crecer los garbanzos con poesía, pero pocos títulos, pocos primeros puestos. Muchos empates, muchos “se hizo lo que se pudo”, mucho corazón. Pocas medallas.

Ayer Colombia, de nuevo, esa concepción de país que todavía no completamos y en la que hemos puesto muchas más expectativas que realidades, volvió a desencantarnos. La decepción había comenzado el viernes, de noche, en curramba, el lugar del mundo donde más se ha cocinado esa idea de identidad colombiana. Venezuela, que hace muchos ños era nada, menos que nada, que bateaban los balones de fútbol, vino a Barranquilla y nos empató y lo hizo en esa misma filosofía claroscura pantanosa de la que no salimos: “Perdimos muchas oportunidades” “Si Teo la hubiera metido”, casi, tal vez, podría. Palabras para determinar lo indeterminable son las que nos definen.
Pero la catástrofe no es tragedia cuando todavía sobra la esperanza. Para la mayoría de colombianos que tienen memoria y habitamos ese precioso territorio colmado de agua, la mayor cercanía a la gloria se tuvo con el cinco cero. Por 90 minutos derrumbamos nuestro mito fundacional de las aspiraciones frustradas y podíamos empezar a recorrer el camino de la victoria sin restricciones. Teníamos todo, pero a la vez, ese caldo denso que somos nos dejaba sin nada. Fuimos los mismos de siempre y todo terminó con la muerte, porque así somos en este país, lo que no podemos comprar, convencer, lo enterramos con bala. Y Argentina se convirtió para siempre en los colores de la esperanza. Si volvíamos repetir la hazaña, ya no por cinco goles, sino con uno, abriríamos de nuevo esa puerta que nos dio tantas alegrías, de las cuales muchos no hemos despertado. Somos los drogadictos que no hemos vuelto a tener ese primer “instante” y cada vez que vemos aparecer una camiseta albiceleste, alucinamos con ilusión bastante nefasta que podríamos cambiar nuestro destino de parias que nos tiene reservados en una esquina espléndida y codiciada, pero que no nos ha permitido desatarnos de nuestras propias miserias.

Pues bien, la derrota, la más vieja amistad que ha tenido el deporte colombiano, se hizo presente. En un partido flojo, con los jugadores fundidos, donde los cambios llegaron tarde y equivocados, pero sobre todo, donde Argentina se sintió como en el patio de la casa de cuenta –otra vez- de los que no pudieron acogerse a la voluntad patriótica, sino que como locas desatadas se fueron a corear el nombre del dios Messi frente al hotel, nos ganaron. Por supuesto, los gritos iracundos de los periodistas se hizo sentir, la rabia capitalina por el despojo injusto, esa falta de claridad sobre lo que somos, nos hace tambalear y casi caer: de nuevo estamos al borde del abismo y vamos a comenzar a tomar medidas desesperadas, ya lo decía Arendt: Un hombre en peligro de muerte, se vuelve un loco asesino.

Sin embargo, una de las primeras lecciones que podemos aprender, ahora, en el s.XXI, cuando llevamos 200 años de vida republicana, es que nuestra naturaleza es perder. Que no hay nada de malo en eso, que a pesar de un partido funesto, seguimos creyendo, porque para la realidad de nuestras vidas, el verdadero valor colombiano es la fe, nunca, ni siquiera ahora que entramos con pie derecho en el tercer milenio, hemos sido un estado viable, hemos caminado sobre una riqueza natural pocas veces repetida en el planeta, con una ubicación geográfica envidiable y lo único que hemos decidido hacer es matarnos los unos a los otros. Por supuesto, eso tampoco ha traído ningún vencedor a nuestro ADN y ahí estamos, eligiendo un presidente cada cuatro años y sacando la cédula a los 18. Creer en el país Colombia ha sido la única decisión mesurada e inteligente que hemos tomado en los últimos 200 años, pero debemos hacerlo con la convicción de que somos perdedores, pero que aún así, sigue siendo nuestro país, nuestra selección, que Leonel es el hombre, que Barranquilla ya nos clasificó una vez y esta vez lo va hacer. No nos ilusionemos sobre el factor de la victoria, sino sobre el factor de la creencia, de que si todos creemos va a ser posible que volvamos a un mundial, que si todos apoyamos, y eso incluye a directivos, patrocinadores y jugadores.

Oscar Wilde decía que había que tener mucha valentía para apoyar a los amigos en la victoria. Allí todos se engolosinan. Ahora cuando se pierde es más fácil decir “Seguimos creyendo”, porque al final, nada se pierde. Pues bien, sigo creyendo en Leonel, en la selección, en este país que a pesar de navegar por tantas desventuras y fatalidades, sigue siendo el mejor lugar del mundo para vivir.